Gaviria, en justicia

Abril 05, 2015 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

Paul Johnson decía que una de las lecciones que nos había dejado nuestro trágico Siglo XX, y sus ejemplos de vidas sacrificadas en proyectos para mejorar el destino de la humanidad, era que nos cuidáramos de los intelectuales. “El peor de todos los despotismos”, anotaba, “es la tiranía desalmada de las ideas”. Por eso conmueve la muerte de un hombre que, como Carlos Gaviria Díaz, fue intelectual, pero defectuoso. Sí: un intelectual vacunado desde niño contra las fiebres del poder, blindado a los halagos de los áulicos y convencido de que las personas son más importantes que los conceptos.Otra luz que se apaga en la caverna de la justicia, justo cuando estamos más desconcertados con las rutas angostas y peligrosas de esta gruta en la que ya no sabemos bien en quién confiar. Mi papá, Gustavo Gómez Velásquez, exmagistrado de la Corte Suprema de Justicia, lo quiso y lo admiró. Hoy lo llora. En justicia, Gómez le cede a Gómez lo que queda de esta columna para que recordemos juntos a esa otra columna de la equidad que fue Gaviria Díaz:“Hombre medularmente pacífico. La única fuerza que conoció fue la de las ideas. Una discusión con él era una cátedra. De la legendaria figura de Carlos Gaviria, en la justicia, en la formación de abogados, en la renovación de las ideas políticas, en la esplendidez de su vida familiar, en su talla de filósofo moderno, nos queda siempre el recuerdo de su grandeza en todos los órdenes.“Y a todo esto una memoria prodigiosa, capaz de citar autores, teorías de las más variadas tendencias y orígenes, y suficiente para refrescarle a alguien pasajes por este olvidados, matizados por un sentido agudo y original del humor. En esto último era un maestro de la ironía, de la causticidad. El propio dialogo nutría, renovándose sin límites el apunte afortunado que avivaba la conversación. “Otra característica única era su desinterés absoluto por el dinero. Por eso nunca ejerció la profesión con fines crematísticos, sino en defensa de sus ideales. Manos limpias gobernadas por una conciencia de igual estirpe. Realmente un hombre paradigmático, digno de ser imitado, pero muy difícil de lograr la copia. En una ocasión un abogado muy prestigioso del grupo de amigos le hizo saber la apabullante cantidad de honorarios insolutos de sus clientes, respaldados en letras de cambio. Qué hacer, era la angustia del abogado. El consejo pedido a Carlos lo respondió indicándole que ya tenía en sus manos una buena canción, ¡si le ponía música a esas bellas ‘letras’!“He sido muy afortunado  en contar con grandes maestros y amigos de dimensiones colosales, y sobre esa pléyade de joyas de la inteligencia y de virtudes ciudadanas, el nombre de Carlos Gaviria Díaz es único y llena toda mi vida. Desde los lejanos tiempos de su decanatura en la facultad de Derecho de la Universidad de Antioquia, en donde oficiamos como tímidos aprendices de la alquimia jurídica (y en donde él se ocupo de cosas grandes y de descubrir valores), hasta su muerte, hubo una permanente e indeclinable compenetración de ideales y sentimientos.“Nos duele su muerte, pero más que por afectación de insondables sentimientos propios, por lo que siempre representó para el país, sobre todo en esta hora de tinieblas. Sírvenos de consuelo el ejemplo, legado suficiente hasta para enmendar imposibles. Hombres de su valía nunca mueren y siempre nos acompañan hasta alcanzarlos también en la muerte. Hasta luego, querido Carlos. Paz y gloria en tu transitoria y física desaparición”.

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