Falsas verdades

Falsas verdades

Febrero 25, 2018 - 05:30 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

Colombia corre el riesgo de caer en manos del castrochavismo. Falso. El castrochavismo nos tiene sin cuidado porque en un país polarizado, donde se ama o se odia a Álvaro Uribe, el término que acuñó el expresidente nos causa miedo o risa. El castrochavismo es el Coco. Y el Coco ya no asusta a nadie. Lo que sí existe, y deberían incluirlo en su discurso los candidatos de todos los cortes ideológicos, es el riesgo de quedar sepultados bajo los escombros de Venezuela. El edificio venezolano se derrumba sobre nosotros, un país emergente de la guerra que se comporta con la soberbia propia del primer mundo. Y apenas ahora nos damos cuenta de lo que nos corresponde en la tragedia del vecino. Como siempre, llegamos tarde a la repartición del sentido común.

El país necesita gerentes como Enrique Peñalosa. Verdadero y Falso. Sí, necesitamos funcionarios con experiencia gerencial en todas las urbes, pero si la pericia no garantiza resultados, entonces, ¿en qué estamos? La gerencia de Gustavo Petro en Bogotá fue desastrosa, pero él alega que las élites no lo dejaron trabajar. La gerencia de Peñalosa en Bogotá es desastrosa y él no solo pertenece a las élites, sino que sus principales representantes lo apoyan. Años y años de dar conferencias por todo el mundo sobre el funcionamiento de Transmilenio, y todo para que no funcione el sistema, y para que la gerencia se le entregue a una persona simpatiquísima que de transporte no tiene idea. Confirmado que don Enrique es un nefelibata y vive en las alturas, donde densas nubes no le permiten ver lo que diez millones de colombianos experimentamos en el suelo.

Mujeres melodramáticas (como diría Peñalosa) ven acoso en situaciones de tradicional galanteo. Falso. Tengo cincuenta años. Clasifico perfectamente para la excusa de que antes las cosas eran así, y de que, al mejor estilo de una columna (o dos) de Antonio Caballero, se puede manosear a una mujer sin dejar de ser caballero. Grotesco. La educación que me dieron en casa dicta el respeto por la mujer, sin excusas generacionales o éticas en degradé. Hoy o en el siglo pasado, agredir a una mujer, arrinconarla por un beso o denigrar de su trabajo si no atiende a las hormonas masculinas es y será lo mismo: abuso. Al transgresor antes, por mucho, se le castigaba con una cachetada. Ahora la cachetada está debidamente amplificada por las redes y los medios. Una merecida cachetada que retumba como avalancha.

Las Farc no declararon todos sus bienes. Verdadero. Cierto es que vamos a tratar de llevar una pacífica convivencia con los alzados en armas recién llegados a la civilidad. Y que debemos darles trato respetuoso. Pero aquello de creer que no esconden ganancias y de confiar en que ninguno de sus líderes adelantó acciones de enriquecimiento personal, es una soberana majadería. Corresponde a las autoridades, y ojalá lo logren, comprobar la existencia de estas fortunas que acarrearían el riesgo de pérdida de privilegios legales. De las Farc esperábamos bienes, cuando de ellos solo hemos recibido males.

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Ultimátum. O todas las encuestas son acertadas o todas las encuestas están equivocadas. Ya veremos si los resultados de las legislativas convierten a nuestros encuestadores en los más confiables del mundo o si deben dedicarse, más bien, a la fabricación de empanadas (no de morcillas, que, como se sabe, son igual de poco confiables que las encuestas).

Sigue en Twitter @gusgomez1701

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