Encuesta abajo

Mayo 18, 2014 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

Las elecciones no se ganan en las encuestas, pero se pueden perder por ellas. El presidente-candidato lo sabe. Una a una, todas las mediciones de opinión reflejan su estancamiento y la curva de ascenso de Óscar Iván Zuluaga, privado de charm, pero resguardado, como dice el propio Santos, en la capa de Uribe. Se trata de un fiel uribista que podría haber acabado su vida pública disfrutando del escampadero que el sector privado brinda a los exministros en este país puestero. Pero no.Ha heredado Zuluaga la inquina de ese amplio espectro de la opinión pública que no comulga con Uribe —menos con sus discípulos— y que suele no reconocerle más que errores y despropósitos a su gestión. Al otro lado del campo de batalla están las regiones, repletas de personas que se fijan poco en escándalos y malas compañías, y conservan el corazón bien sincronizado con la idea de que solo Uribe tiene la fórmula para debilitar a una guerrilla virulenta.Santos ofrece la concordia (“este 25 de mayo vota para ganar la paz”, dice en sus cuñas) y le endilga a Zuluaga ser el agente exclusivo de una interminable confrontación. Se equivoca en quién tiene algo palpable para cumplir: Zuluaga está en amplia capacidad de garantizar más guerra, pero Santos de la paz solo tiene entregadas las arras. Si en otras ocasiones se ha dicho que es la guerrilla la que pone mandatarios y extingue aspiraciones, el hoy y ahora del país confirma que vivimos uno de esos repugnantes momentos en que la balanza podrían inclinarla quienes se empeñan en recalentar revoluciones trasnochadas.Con la llegada de Zuluaga al poder, nadie duda de que habrá mano dura para los jefes guerrilleros ávidos de impunidad, retiro inmediato de los negociadores y semáforo en verde para las Fuerzas Armadas. Es lo que tenía para ofrecer y no le resta nada más. Santos, en cambio, tenía un as bajo la manga, el más peligroso de todos: su propio enemigo, del que logró muestras públicas de voluntad con la firma del punto relativo al narcotráfico y un cese el fuego exprés diseñado a la medida de sus necesidades electorales (permitiendo, de paso, que las Farc celebren tranquilamente sus cincuenta años de vida… y de muerte). Todo sazonado con la vehemencia de César Gaviria, reclutado para hacerle fogoso contrapeso a la lengua de Uribe, y con un evidente “santismo” mediático, producto del pavor que en tantos periodistas produce pensar en el Uribato III. La primera votación sin presidente electo nos enviaría a una segunda vuelta, seguramente protagonizada por Santos y Zuluaga, y expuesta a riesgos enormes para una guerrilla que sabe lo que significa un cuatrenio (y eventual reelección) de puro uribismo: la imposibilidad de un retiro decoroso, después de años de asesinar, secuestrar, narcotraficar y extorsionar en aras de construir un país mejor.El escenario de segunda vuelta tal vez nos enfrente a un ‘toconoscar’, en el que muchas fuerzas —como hizo en calidad de pionero Petro, con evidente astucia y ambición— se acercarán a Santos para atravesársele a la última oportunidad que tiene el uribismo de volver al poder. Y, de mantenerse, la agresiva defensa de Uribe podría ser el lastre que pierda en las profundidades a Zuluaga, a quien definió Peñalosa como “un presidente con jefe”.Ultimátum: demostrado lo nocivo que fue entregar las altas cortes a los políticos, queremos repetir la experiencia marchitando la independencia de la Fiscalía a la sombra de un Ejecutivo empeñado en alentar reformas que permitan al fiscal encontrar definitivo acomodo en los bolsillos del presidente.@gusgomez1701

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