Dogmas

Mayo 14, 2017 - 03:10 p.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

La Biblia es obligatoria. No, como tampoco el Corán, el Talmud o el Libro de Mormón. La religión es una opción. A nadie se puede obligar a creer o a vivir según las reglas de un credo. Toda persona está en su derecho de considerar que las escrituras son más valiosas o importantes que la ley, pero, en tanto miembro de una sociedad, debe respetar la Constitución y todo lo que de ella se desprende. Si insistimos en experimentar la mezcla de religión y política, iremos por la vida pensando cosas tan insensatas como que, por ejemplo, a Morales y a Lucio se les hundió su discriminatorio referendo como un castigo divino por los errores que han cometido en la vida. Supercherías, ¿cierto?

Uber será derrotado. No. Entre otras porque, como pretenden hacérnoslo creer los provocadores de oficio (v.g. Hugo Ospina, agresivo líder de los taxistas inflado por los medios), no es una guerra entre Uber y los amarillos. Es un choque de aguas entre la modernidad y las formas convencionales de transporte público. Los amarillos no derrotarán a Uber de la misma manera en que los periódicos impresos en papel no ahogarán ya a los textos, artículos y opiniones que flotan en la red. Cabe, eso sí, que los amarillos se modernicen y se pongan a tono con la tecnología, y que el gobierno legisle para ellos con atención a condiciones de equidad que les garanticen la posibilidad de trabajar dignamente. El fin de Uber como empresa no traerá más que el florecimiento de nuevas plataformas y sistemas que lo reemplacen. La guerra se perdió antes de la primera batalla.

Chocó es un caso aislado. Aislado del país siempre ha estado, o vaya usted y vea calidad de las vías que dizque comunican a Quibdó con ciudades tan ‘cercanas’ como Medellín. Cierto es que su clase política es aterradora y se acostumbró a robar, pero el Chocó es uno de esos departamentos que no le interesa a un país que hizo del centralismo un culto aterrador. No es un caso aislado porque otras regiones experimentan situaciones similares, pero, sobre todo, porque es el escenario donde veremos cómo se hará la política del futuro. Los chocoanos están molestos porque el gobierno no les ha cumplido las promesas hechas en materia de vías, salud, costo de energía, educación, agua potable y un largo etcétera. Tienen razón. Y respaldando no sólo a los chocoanos, sino a otros millones de colombianos que creyeron y a los que no les cumplieron, pronto estarán las Farc con su partido de postín. Los apoyarán y se solidarizarán con ellos. Y les dirán que los entienden, porque a ellos les está pasando lo mismo. ¿O creen ustedes que este país tiene recursos suficientes para honrar las toneladas de promesas sociales que reposan en los acuerdos de paz?

Las playas son de todos. Mentira: son de nadie. El episodio de la pareja francesa a la que le cobraron 850 mil pesos por un almuerzo en Cartagena (y a la que luego atracaron), vuelve a poner sobre la mesa lo que ya sabemos: que, con contadas excepciones, en nuestras playas nadie limpia, se puede entrar con mascotas, el volumen de la música no tiene control, las ventas ambulantes pululan, no hay salvavidas y todo se cobra abusivamente. Y que, como vimos esta semana con Tolú y Coveñas, los dineros destinados a conservarlas son plata de bolsillo para los políticos.

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Ultimátum.
¿A qué horas la propiedad privada entró a las páginas del código penal como delito?

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