Disparates

Disparates

Julio 30, 2017 - 06:55 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

Disparate (en un pie). Si es última palabra, como reveló Darío Arizmendi, que el nombre del partido político de las Farc es una kilométrica frase cuyas iniciales componen la sigla Farc-Ep, entonces poco disimulan que no quieren desligarse de ese pasado sangriento que nos aterra. Mantendrán frescas las atrocidades de su guerra en la memoria de todo aquel que los vea en tarima. Inevitable recordar el viejo chiste del señor que va a la notaría a cambiarse el nombre. “¿Usted cómo se llama?”, pregunta el notario. “Popó Álvarez”, responde. “¿Y cómo desea llamarse ahora?”, repregunta el notario. Y el sujeto contesta convencido: “Popó Sánchez”. Parafraseando a “Iván Márquez”: “¡Eso es por joder!”.

Disparate al interpretar una noticia. Alcanzaron algunos, emocionados, a confiar nuevamente en la majestad de la Justicia cuando oyeron que la Fiscalía requería a Enrique Santiago, hábil picapleitos de las Farc. Como dirían en redes sociales: “Venga que no es pa’ eso”.

Disparate capilar. Tan censurable el matoneo homofóbico en redes a Norberto, como la decisión del Congreso de inflarlo con una orden que poco le luce. Injusto no reconocerle ser un exitoso empresario o el carácter que exhibe para vivir feliz esquivando prejuicios. Pero, como anotó Martín de Francisco, “el problema no es Norberto; es que nuestros congresistas prefieren condecorar a peluqueros y reguetoneros, que a científicos y deportistas”. Donde dice “nuestros congresistas”, léase Rosmery Martínez, clienta de Norberto y gestora del reconocimiento. En ella, dicen, el estilista logró un “cambio radical”. Ante las críticas, la ignota senadora se defendió mostrando las uñas, por lo que se presume que pronto propondrá la Cruz de Boyacá para su manicurista.

Disparate clerical. Urge que la Conferencia Episcopal le haga cálida fiesta de despedida (con vinito de consagrar) a su asesor de comunicaciones. Fue un paso en falso emprenderla contra José Galat, logrando que los reflectores de los medios penetraran la gruta en que vive y lo pusieran a brillar. La jerarquía eclesiástica sigue sin entender que ya no le compete dar el visto bueno a lo que la gente opina. Crecieron las ovejas y ahora la emprenden contra sus pastores. La Iglesia, me decían en el colegio los jesuitas, “somos todos”, así que cualquier creyente tiene derecho a opinar sin ser deslegitimado por los obispos. Incluso el gracioso troglodita en que se ha convertido don José.

Disparate lingüístico. ¿Conocen la historia de Édgar Cayce? Los hay quienes lo recuerdan como un charlatán y otros lo tienen por poderoso psíquico, capaz de curar y predecir hablando en docenas de idiomas mientras dormía. El presidente Maduro es crisol en el que se funden ambos Cayce: el ladino embustero y el ‘hablador’ en lenguas. La transformación no se da cuando duerme, sino cuando se enfurece, como el Hulk que mora en las entrañas de doctor David Banner. Presa de la ira, el inglés le fluye. Su mensaje de esta semana: “mister emperator op unairesteis; mister vasaio, yoan mani santous: in Venezuela, di constituyen ¡gu, gu, gu, gu!”. Se nota que en su niñez, en Cúcuta, escuchaba a Carlos Román: “Jalou, míster. Esmoquin tu, o uachin drinkin, or dans rumba, o rocanrol, or the colombian merecumbé. Yu lai beiby, yu lai uman, mai gud frends, ¡veri, veri, veri güel!”. ¡No S.O.S. Venezuela!

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Ultimátum.
Héctor Mora fue un pionero de la realidad virtual, porque metidos en él conocimos docenas de países cuando creíamos que Colombia no era parte del mundo. Buen viaje, admirado Héctor.

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