Dislates

Dislates

Enero 28, 2018 - 08:42 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

Prohibir el parrillero. Tradicional medida autoritaria criolla, según la cual se disimula la incompetencia de las autoridades con un perjuicio a los ciudadanos honestos. De los mismos creadores de no hables por celular en la calle para que no te lo roben y no te pongas minifalda y escote para que no te violen. Que un marido celoso venda el sofá buscando que su esposa no le sea infiel, funciona en el mundo del humor. Nada le luce, en cambio, a un gobernante que se precie de serio.

Linchar a la víctima y a su familia. El maltrato es, en sí, un episodio deplorable. ¡Quién se va a sentir bien mientras lo vulneran! Lo insólito es que las piedras lluevan después de manos de las autoridades, proclives a manosear a las víctimas, y de una sociedad que, se supone, ha ido superando el prejuicio. Siguiente paso: lapidación en redes, que incluye meterse en la cama de la víctima y hurgar en el pasado de sus familiares. Postre: si la víctima no manejó su caso como el espectador lo hubiera hecho, ¡entonces se equivocó! Y ya se sabe que en una sociedad que premia la perfección y censura el defecto, la víctima comienza a pensar que ha debido callar.

Administrar justicia por estratos. Entre la Carrera Séptima y los Cerros Orientales, en lánguida remembranza de la verdura de El Poblado (Medellín), está el barrio Rosales de Bogotá. Exclusivo sector con menos vecinos forrados en billete de los que se cree y, más bien, un hacinamiento vertical de buena factura. Donde hay comodidades, hay delincuentes. Sus habitantes, agobiados por los hurtos y agresiones, salen a las calles a protestar. Pocas veces se ha visto tal explosión de resentimiento en redes, donde incluso se pide la presencia del Esmad para “contener” con gases y agua a presión la respetuosa queja pública de los “ricos”. Rosales, siempre repletos de espinas.

Jugarse la vida ajena.
Responde frente a cámaras el ciclista que acaba de pasarse un semáforo en rojo. Revela que le gusta la adrenalina, como si la seguridad de los demás pudiera ser puesta en riesgo por este deportista extremo (zoquete en extremo). Al periodista Juan David Rodríguez, con descomplicada lógica, le revela que si acaso protagoniza un accidente fatal, no hay problema: “Todos en algún momento tenemos que morir”. Dice que no usa casco, porque lo pidió por internet, pero no le ha llegado. No se sabe cuándo le llegará el cerebro.

Proteger al Malo.
Los venales (dizque) administradores de justicia saltan entre licencias e incapacidades de salud para eludir la sanción a sus andanzas. La Corte Suprema avala el papeleo de un Malo imputado, mientras la gente también se imputa con el esguince a la equidad y espera que llegue el día en que se reconozca su incapacidad moral. Con la toga se esconde de la soga.

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Ultimátum. En estos parajes, donde hemos hecho de la afrenta una herramienta de subsistencia social, conviene leer “Insulto, breve historia de la ofensa en Colombia”. De la procacidad independentista al “gonorreísmo” contemporáneo va esta amena investigación de Juan Álvarez, quien usa el insulto como linterna para alumbrar nuestras vergüenzas. Álvarez es, además, autor de la colección de relatos “Nunca te quise dar en la jeta” y el mismo que ha elegido ahora como epígrafe de la nueva obra aquello de “si lo veo, ¡le voy a dar en la cara, marica!”.

Sigue en Twitter @gusgomez1701

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