Cuclillo

Cuclillo

Julio 02, 2017 - 06:35 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

Nos regaló el presidente Santos una verdad de Perogrullo: “Los clásicos tenían razón cuando decían que la lucha por el poder saca a relucir lo peor de la condición humana”. Devolvía atenciones a Juan Carlos Pinzón, olvidadizo exministro que no recuerda dónde dejó la cartera. Tal vez en Washington.

Ha de ser clásica la frase, porque debió acuñarla alguien la tarde del día en que muy de mañana se inventaron la política. Ya en calendarios menos vetustos, la dijo otro Nobel, pero de literatura, Mario Vargas Llosa: “La política saca a flote lo peor del ser humano”.

Lo cierto es que lo peor de todos aflora con cosas tan trascendentales como la política (entran risas) o la guerra y tan cotidianas como hacer fila, conducir, ir al estadio, conseguir asiento en el transporte público o trinar. Trinar debería estar antes de la política en la lista de cosas que exploran nuestro lado oscuro.

Un viejo trino de Gustavo Petro ilustra la afirmación: “Viviste en los tiempos de Chávez y quizás pensaste que era un payaso. Te engañaste. Viviste los tiempos de un gran líder latinoamericano”. Han vuelto sus palabras a rotar en redes a propósito de las declaraciones de Enrique Peñalosa en el sentido de que los hilos de su revocatoria los mueve “un proyecto político que se parece mucho a lo que ha venido teniendo Venezuela en los últimos quince años”.

La lectura que rumia la gente es bien simplista: Peñalosa es uribista y saca provecho de la teoría del basilisco castrochavista para eludir una revocatoria que busca mandarlo a casa por no haberles cumplido a los bogotanos lo prometido.

Lo primero es que, más allá del lugar común castrochavista, la proliferación en el continente de gobiernos de izquierda que repiten con creces los errores de las administraciones de la derecha es señal de que no hay blindaje para el populismo. Vale preocuparse y discutir abiertamente esa posibilidad, que no es febril monopolio del uribismo.

Por lo demás, Peñalosa no es uribista; es peñalosista. De seguro petulante, soso y lengüilargo. Y puede estar tomando decisiones impopulares, pero ha cumplido con lo que prometió en campaña. Creer que Petro no está detrás de su revocatoria es como confiar en la castidad de Hugh Hefner.

Petro, que pasó de ser buen parlamentario a mediocre alcalde, dedicó su período y los recursos públicos a la más ramplona de las politiquerías: la del beneficio personal por encima del bien común, y ahora aprovecha la respetable decepción de algunos bogotanos para fortalecer sus ambiciones.

Mientras teje su aspiración al amparo de efectivas artimañas (a un costo de 45 mil millones para los contribuyentes), recuerda con cada paso al cuclillo tejedor que nos presentó doña Gloria en Naturalia: el ave espera a que otra especie, la prinia africana, construya su nido, y al primer descuido pone allí sus huevos para que la prinia los empolle y alimente.

Eso de que la política saca a flote lo peor de la gente, aplica no tanto a Petro como a sus seguidores en redes, histéricos cada vez que se les recuerda las enormes coincidencias entre lo que piensa su caudillo tejedor y lo que hacen los chavistas.

La política ha sacado lo mejor de Petro a flote: lo ha revelado como es. Y, aunque advertidos, estamos empollando sus huevos mientras seguimos desgastándonos con discusiones sobre los tres huevitos de otro pajarillo que también rima con caudillo.

Sigue en Twitter @gusgomez1701

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