Cortesanos

Marzo 08, 2015 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

Hay magistrados que son unos pícaros. Y lo son porque los apadrinan otros pícaros. No todos son granujas, aceptado, pero la inmensa mayoría de sus mentores sí lo son. La revolución constitucional de 1991 socavó la majestad de las cortes. De entrada, separó a la sala Constitucional de la Corte Suprema y la convirtió en una corte dizque de mejor categoría. Tras el desmembramiento vino la tuberculosis: se tendieron puentes innegables entre magistrados y partidos políticos. El solo hecho de que los presidentes de las altas cortes tengan la potestad de elegir registrador, apetitoso cargo al que se le desgajan los puestos y el poder por todos los flancos, pone de manifiesto el carácter político del que gozan quienes en tiempos anteriores se dedicaban a la justicia y no al manzanillismo. Y ni hablar de su actividad en la integración de ternas para elección de contralor y procurador.Los casos son de todos los días. Elegir, por ejemplo, presidente del Consejo de Estado (entidad que, por el volumen de sus “negocios”, debería estar registrada en la Cámara de Comercio) puede tomar cientos de votaciones. Y lo mismo sucede con decisiones similares en otras cortes, donde los intereses políticos de los magistrados, y de sus titiriteros, impiden el consenso. Parte de esa corruptela, hay que decirlo sin ambages, fue acrecentada por el silencio de los medios de comunicación durante el segundo período de Uribe Vélez. Ante la posibilidad de un tercer mandato presidencial, las cortes, a pesar de sus defectos, sus excesos, sus inmoralidades y su desgreño, quedaron blindadas frente a periodistas y líderes de opinión, que les aplaudieron en la tarea de atravesársele a las ambiciones uribistas. Una vez concluida la faena, comenzaron las denuncias: turismo judicial, puerta giratoria, carrusel de pensiones, venta de fallos, coimas de lobistas y tráfico con tutelas. La prensa fue complaciente con las cortes, porque veía en ellas la única guillotina efectiva para el régimen. Y después de la Luna de Miel vino la de hiel.Las actuaciones e inacciones de los magistrados pasaron de ser una excepción a convertirse en regla de comportamiento general en una rama que amenaza ceder al peso de la inicua conducta de sus más caros (¡carísimos!) funcionarios. Ser magistrado fue un honor con el que soñaban los profesionales del derecho y es ahora una posibilidad abierta para los profesionales del torcido. Un dato de El Espectador sirve de leña al fuego para la indignación ciudadana: “De acuerdo al registro en la Comisión de Acusaciones (…) hay 1.052 procesos que están en trámite de indagación en contra de los magistrados de los altos tribunales”. Nada pasará: la comisión está integrada por comisionistas que manejan desde el Congreso los nombramientos de magistrados. Todos se tapan con la misma cobija, y la cobija hiede.La política, que todo lo corrompe, terminó logrando que los colombianos de a pie vieran a los magistrados como si fueran parlamentarios. La toga es sambenito, y quien la viste hoy se expone al juicio inquisidor de un país que asiste, aterrado, al más peligroso de los espectáculos: la justicia convertida en lucrativo negocio. La justicia era para los de ruana, decían. Y era cosa de los de toga. Ya no.Ultimátum: Las redes sociales, los teléfonos inteligentes y los medios han contribuido a que todos sepamos quiénes son los “¿usted no sabe quién soy yo?”. Florecen en esta platanera los nicolasesgavirias, y un aleccionador carcelazo no les vendría nada mal.

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