Cali en diez

Abril 24, 2016 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

Una ciudad verde, ajena al gris de la violencia que de todos los rincones del Pacífico le descargan por ser la gran señora de la región. Ciudad caminable, de senderos iluminados, sin recovecos oscuros, de esos que parecen dispuestos para el crimen por los malos gestores. Y privada de pista militar, innecesaria en tiempos de genuino posconflicto. Pista enterrada bajo tierra y prados, con árboles, con sombra, con vida. Una ciudad con la esperanza de que en una década más Navarro, como nombre de botadero, sea solo historia. Para no desaprovechar el impulso de la palabra: dueña de un centro histórico con plazoletas diseñadas para la charla, para que la gente sea gente. Que bajen los carros en número y en ubicación: dignamente mantenidos en parqueaderos subterráneos, donde estorben sin estorbar.Una ciudad con políticos de vista larga y mano corta; libre de apolinares y johnmaros. Generosa en profesionales formados para lo que se necesita, con un mundillo diminuto de abogados y proliferación de ingenieros. Donde los subsidios sean exóticos y el subempleo exhiba cifras raquíticas. Con gastos (léase inversiones) enormes en investigación y una cultura de negocios que ha perdido interés en las jugosas rentas y deja que los dineros fluyan hacia el desarrollo y la innovación.Una ciudad-imán, a la que los metales del capital extranjero no puedan resistirse, y que marche en llave con una Buenaventura huérfana de infamia social y violencia. Metrópoli en la que el Financial Times, tan generoso en 2013, compruebe y revele que las proyecciones se cumplieron con creces.Una ciudad con sabroso Delirio y menos pandillas delirantes en Aguablanca. Donde el Petronio celebre sus treinta con sede propia y el jarillón, fortalecido, se haya desligado de intereses particulares y sea más garantía de tranquilidad que intranquilizadora guillotina.Una ciudad no tan ciudad y sí más edén, en la que el ‘Martillo’ tenga que golpear menos. Montada en bicicleta y desmontada de la insensibilidad. Libre de la sed del verano y de esas fuertes lluvias que enturbian el agua en invierno. Galería de arte para obras callejeras, dignamente blindada frente a los vándalos que destruyen lo ajeno (y lo público) con aerosoles. En la que publicidad y vallas dejen que se vea el mundo de verdad. Una ciudad con poco tráfico y débil microtráfico. Casi libre de la palabra Sisbén y habitada por propietarios de vivienda recién jubilados del ‘gota a gota’ que sudan para satisfacer infames alquileres. Urbe pobre de pobres y con ricos dispuestos a pagar lo justo, en la que la clase media se escurra del centro del sándwich y pueda respirar.Una ciudad repleta de colegios, con un MÍO más bien NUESTRO. Generosa en pavimento, porque el pavimento, como el dinero, no hace la felicidad, pero ayuda. Y sin embudos en la Cali-Yumbo o en la Avenida Cañasgordas. Una ciudad de ollas comunitarias sobre ruedas, con laboratorios urbanos de vivienda, repleta de Cajas del Amor, que avanza con las brazadas de Mauricio Fernández, rodeada de colibríes ronquetos y guayacanes florecidos, ¡y con sabor a mermelada de verduras!Una ciudad sede alterna para el Mundial 2026, con los hoteles a reventar de turistas y presente en todas las listas de calidad de vida. Medida por un gregoriano 2016 bajo de estadísticas oscuras y un 5127 de semejantes características en uno de los calendarios hindúes claves: el kali yuga (¡kali es kali!). Una ciudad donde el “por Cali lo hago bien” sea menos propuesta y más existencia.@gusgomez1701

VER COMENTARIOS
Columnistas
Publicidad