Bustos

Octubre 25, 2015 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

El presidente de la Corte Suprema de Justicia, Leonidas Bustos, está a punto de finalizar su periodo. Le alcanzó para participar en las sesiones (ilegalmente grabadas) que comentamos en esta columna hace ocho días, y en las que exhibe más dominio de la política que de los códigos a la hora de fallar.Con comprensible suspicacia, los entendidos señalan que, quien fuera un jurista de gran sentido, ha exhibido ciertas opiniones muy llamativas y, en cambio, ha preferido guardar un inexplicable silencio en escenarios donde su palabra era determinante.Era activo crítico de la desastrosa reforma a la Justicia, y sus colegas apreciaban la manera en que lanzaba dardos a ese Frankenstein con el que Santos nos demostró la poca destreza de su administración en la tarea de dar a cada quien lo que le corresponde (definición no de clientelismo, sino de justicia, según Ulpiano). Pero Bustos calló. Su mutismo coincidió con reuniones palaciegas donde se puso sobre la mesa la posibilidad de una prórroga automática para el periodo de los magistrados.Fue tan parco en ese entonces como cuando los periodistas lo abordaron para preguntarle por la vanidad de su esposa. ¿La recuerdan? Martha Cristina Pineda, la procuradora que se hizo célebre por firmar como “primera dama de la Corte Suprema de Justicia”. Y por dar instrucciones de etiqueta en Cartagena para los cocteles de un encuentro de la jurisdicción ordinaria (ordinaria, sí, pero con elegante primera dama).Hace algunas semanas Bustos decidió “hablar”. Y duro. Lo hizo a través de un respetable canal: aclaró su voto cuando la Sala Penal se pronunció sobre la extradición de un guerrillero narcotraficante pedido por los Estados Unidos. Dijo: “No existe un deber internacional de extraditar a los responsables por delitos de narcotráfico”, en el convencimiento de que, si esa conducta es vista de manera conexa con delitos políticos como rebelión, la cosa es a otro precio.Pronunciamiento de capital valor para el gobierno y los compromisos que hace con la guerrilla en Cuba. Esas cosas no se olvidan. Planteado así el asunto, a nadie extrañe ver al magistrado Bustos, en compañía de su entonces ex primera dama, aceptando alguna dignidad tras el necesario retiro de la Corte.Bustos, como otros juristas de laxa manga, olvida que la conexidad tiene límites, aún en la vasta planicie del delito político. Puede uno entender que un guerrillero narcotrafique para sostener las ideas de su revolución, pero, ¿y si disfruta excedentes que le permiten costearse tierras, joyas, prostitutas y lujos? ¿Acaso las bacanales, los excesos y las riquezas que los guerrilleros han logrado con el narcotráfico también entran en la conexidad política? Ay, magistrado.¿Dinamitar un convoy militar en defensa de un campamento podría ampararse en esa conexidad? A pesar del salvajismo, en aras de la paz, digamos que sí. Pero carbonizar a medio pueblo dentro de una iglesia o ejecutar sistemáticamente campesinos, ¿también cabe debajo del paraguas que abre Bustos? Ay, magistrado.A pesar de los buenos oficios que hacen juristas como Bustos, lo cierto es que ni Santos (ni nadie) puede empeñar a gobiernos extranjeros o a tribunales internacionales. No hay quien puede asegurar a quienes firmen, convencidos de una inconmensurable impunidad, que se libraron en el futuro de terminar en una cárcel extranjera por narcotráfico o delitos de lesa humanidad. Ultimátum: A eso no se puede comprometer un gobierno que, aunque suene pornográfico, solo puede comprometer sus Bustos.

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