Bestiario

Agosto 30, 2015 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

La revolución bolivariana es un basilisco alimentado con la inconformidad de ciudadanos hartos de ver a su clase dirigente desangrar a uno de los estados más ricos del continente. Riqueza que ensanchó por décadas los cuajares de una élite de vacas sagradas. El pueblo encontró en un bochinchero coronel la válvula de escape. Chávez, tan escaso de formación como pleno de astucia, armó el basilisco con un trasnochado lóbulo izquierdo, hígados cubanos, extremidades bolivarianas y afilados colmillos militares. Le funcionó. Con petróleo manando como agua, hasta una tortuga parece liebre.La respuesta a gobiernos (continentales) de derecha, atornillados al poder, fue más de lo mismo, pero con banderas rojas. Porque los extremos de la derecha y de la izquierda son gemelos. Tan repugnante un Pinochet como un Chávez, sin importar demasiado el color de los uniformes. Egos uniformes, megalomanías uniformes, atrocidades uniformes, ambiciones uniformes, torpezas uniformes.No de otra forma se explica que puedan convivir en un mismo libro García Moreno, Juan Vicente Gómez, Leonidas Trujillo, Maximiliano Hernández, Jorge Ubico, Mariano Melgarejo y Agustín Morales. Sus caminos se cruzaron en el formidable Bestiario Tropical, donde Alfredo Iriarte se las ingenió con su bien afilado humor para sacarnos una sonrisa frente a tan tétrica galería. Justo allí, Iriarte recordó unas reveladoras palabras del primer Somoza: “La democracia es a los pueblos lo que la comida a los individuos. Si ustedes le dan de comer a un adulto un buen tamal con salsa picante, lo nutren y lo vigorizan. Pero si le dan la misma dosis a un niño de meses lo pueden matar. Su país es el adulto, mientras que el mío es el infante. Saquen la conclusión”.La conclusión es que el déspota hace de la democracia, la ley y la Constitución un yo-yo al que le suelta pita cuando le conviene, pero que sabe recoger cuando otro niño quiere usarlo. Maduro, que es la descolorida fotocopia de Chávez (que a su vez fue el mal calco de Fidel y de algunos de los protagonistas del Bestiario) tiene que ser tratado con pinzas. Con el orate no se razona. El mesianismo no admite argumentos. Acciones firmes para proteger a los colombianos maltratados por su gobierno, sí, pero también tacto único para no animar a una bestia hambrienta de motivos electorales.La delicada situación política de una Venezuela donde la revolución tiene la soga al cuello, hacía temer que iban a darse estos fenómenos de desespero populista. Lo que no se sabía era que la función del circo bolivariano iba a comenzar tan pronto, y que tendríamos que soportar el espectáculo durante todas estas semanas que faltan para las elecciones. Maduro necesita un sparring, alguien que se le suba al cuadrilátero para que pueda atenderlo con el poderoso aparato militar que él y su antecesor han engrasado a punta de contratos, salarios astronómicos y juguetes bélicos. Colombia no puede pararse en ese ring, mucho menos cuando combate a una guerrilla aupada y protegida por Venezuela. Entre Timochenko y Maduro gustosos armarían el sándwich envenenado.Ultimátum: Desaprovecha Ernesto Samper una oportunidad histórica de cerrar su carera con un destello de entereza. El fantasma del 8.000, sumado a su deprimente rol en la crisis con Venezuela, presagian el triste final político de quien tenía todo en la vida para ser recordado por sus virtudes y no por sus errores.

VER COMENTARIOS
Columnistas