Belicausto

Noviembre 08, 2015 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

El gobierno sabía que el M-19 se iba a tomar el Palacio de Justicia, pero nada hizo para fortalecer la seguridad. El 6 de noviembre, un puñado de celadores protegía a los magistrados: la vigilancia especial había sido retirada. A poco de iniciada la toma, con asombrosa rapidez, llegó la fuerza pública. Betancur, amigo de la paz en cualquier escenario, descartó aquí el diálogo. No tuvo coraje para imponerse a los militares. Le sobró presteza para engañar a los magistrados atrapados. No le pasó al teléfono al presidente de la Corte y desoyó su ruego de cesar el fuego. Lo que sí hizo fue mandar cesar las transmisiones de radio y televisión. El Ejército fue a salvar al hermano del presidente y a la esposa del mingobierno. Después, procedió. Al fuego de las armas se sumo otro: un incendio que acabó con todo. Iba de abajo hacia arriba; no pudieron causarlo los guerrilleros, apertrechados en los últimos pisos. Llamas producto de combustible regado en la planta baja, donde actuaban los uniformados.El M-19, primer culpable, no tenía vocación kamikaze. Lo suyo era un golpe de opinión con un final tan rimbombante como el del secuestro en la embajada dominicana. El Ejército no iba a permitir esta nueva función. Escobar fue generoso con el M-19, ahora dueño y señor de magistrados extraditadores y archivos judiciales. Alias “Cebollero” le había dicho al hijo de Reyes Echandía: “Es muy importante que su papá no esté en Bogotá en noviembre”. Las sentencias de la Corte eran respetuosas del Estado de Derecho, pero muchos salvamentos de voto y posturas de los magistrados habían sido piedra en el zapato de presidentes y militares. En un edificio estaban todos: guerrilleros delincuentes y magistrados deliberantes. Dos pájaros de un tiro. O de un bidón. Muchos de esos ‘pájaros, habiendo salido vivos de la carnicería, se esfumaron. No son desaparecidos: son desvanecidos. Sus familias han recibido 30 años de patrañas, amenazas o huesos identificados a la topa tolondra. Los restos del Palacio, valiosa escena del crimen, fueron lavados con manguera, generando un mar de aguasangre que todo lo borró y que pude ver personalmente. Allí estuve. En el baño donde la sangre parecía absorbida por una montaña de ropa. En el parqueadero. En la oficina de mi papá, magistrado de la sala penal que salvó la vida por estar fuera de la ciudad. El viaje que tenía coincidía con mi cumpleaños, el 7 de noviembre. Preguntó si debía quedarse. Me pareció una tontería. Le dije que se fuera tranquilo. Por eso he tenido 30 años más de padre. De su oficina traje un carrete de grapadora, unas llaves y la punta de un paraguas, todo derretido. Y, chamuscada pero intacta, la placa de su despacho. En alguna parte, entre las cenizas, habrá quedado algo de Beatriz, su secretaria, que murió cumpliendo con el deber.Las cosas pasaron como pasaron porque ni era Palacio de Nariño, ni embajada, ni Congreso. Se respondió con generosa bala porque solo había magistrados, y empleados judiciales, y guerrilleros. Ninguno pesó más que el plomo que se disparó en el templo de la justicia.Faltó presidente. Los hechos y los militares lo sobrepasaron. Morirá sin reconocerlo. En vergüenza. La debilidad se confirmó días después, cuando afrontó la tragedia causada por el volcán Nevado del Ruiz apagando el fuego de Palacio con los miles de muertos y toneladas de barro de Armero.Lo que he dicho aquí se los puede repetir Betancur, un tipo con dignidad y pantalones. Hablo, por supuesto, de Carlos Betancur, expresidente del Consejo de Estado.

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