Agonía

Agonía

Septiembre 03, 2017 - 06:25 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

Vivimos un mundo raudo. Exprés. No podemos esperar por nada. Corremos a diario los cien metros planos de cualquier cosa. Los taxis tienen que llegar rápido, las páginas de internet tienen que descargarse rápido, los ‘call centers’ tienen que atendernos rápido, las filas de los bancos tienen que moverse rápido, los platos en los restaurantes tienen que llegar rápido.

Y nos extraña que la gente quiera enriquecerse de la noche a la mañana. Los turbios episodios de magistrados vendiendo sus fallos al mejor postor, a cambio de chorros de billetes, no son sino la expresión de esa celeridad que nos anima. Mesura, honestidad y decoro no son palabras que rueden sobre las autopistas de la inmediatez.

¿Estudiar, trabajar y persistir para salir adelante tras años de lucha constante? ¡Qué disparate! El tiempo es algo que solamente pierden los tontos. El atajo es el reloj del astuto. La malicia y la viveza son la marca registrada de nuestra sociedad.

Hasta la forma en que hablamos está pavimentada de invitaciones a la ilegalidad: “La oportunidad la pintan calva”, “el vivo vive del bobo”, “hágale, que no viene carro”, “¡avíspese!”. Al punto de que “listo, papito; si es ya, es ya”, la célebre frase de Leonel Álvarez, debería remplazar en el escudo a la ya en desuso de “Libertad y Orden”.

El círculo vicioso es perfecto: vemos robar al vecino, al político y al funcionario, así que nos sentimos habilitados para hacer lo mismo a la primera oportunidad. Esos magistrados corruptos que señalamos asqueados son una proyección de quienes se cuelan en el servicio público, de los que comen productos en los mercados sin pagarlos, de los que sacuden las máquinas de comida en su oficina a ver si cae un paquete de papas por el que no pagaron, de los que toman agua del minibar del hotel y llenan la botella con el grifo. Los monstruos somos nosotros.

Aseguramos que es cuestión de educación y que si creciéramos con valores no seríamos proclives a la corrupción. Pero parece no importarnos la ingrata condición económica y social en la que florecen nuestros maestros, y de la también que brotan quienes representan la autoridad. Un cargo público se convierte en premio de montaña para la riqueza personal.

En vez de corregir las deficiencias éticas de nuestra conducta, preferimos quejarnos con poco disimulada envidia de quienes tienen la posibilidad de robar (y lo hacen) o esperar que caiga del cielo, como sucedió en la hoy destruida Venezuela, un mesías populista portando una espada vengadora con la que promete decapitar a los privilegiados para gusto de la galería.

El mundo no es enorme. El mundo es estrecho. Y es posible atravesar agujeros de gusano que permiten convertir a cualquiera en nuevo rico. La cárcel no asusta (ni redime). Los tribunales y sus decisiones tienen precio. El hampa es bolsa de empleo. El descaro es norma de comportamiento. La delincuencia recluta emprendedores. Los cimientos del país descansan sobre el odio, el resentimiento, la inconformidad y la ambición.

Colombia es un espejismo en el desierto de nuestros principios.

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Ultimátum.
Con algunos cambios conceptuales, pero respetando la esencia de su sigla, las Farc anuncian que han decidido llamarse Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común. Aplauden quienes creen que se ahorcan manteniendo la referencia nominal de su barbarie; temen los que ven en las Farc el corte de cabezas que este país reclama con furia ciega.

Sigue en Twitter @gusgomez1701

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