Abono

Abril 26, 2015 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

En el mundo civilizado, del que esperamos algún día Colombia haga parte, la izquierda no lo hace mal administrando. El socialismo tiene en esos predios lejanos un magnífico olfato para la educación, la salud, la seguridad y las obras de bienestar general. Y desarrolla esas tareas entendiendo que los dineros vienen de los bolsillos de la gente, pero también del empresariado, de los gremios, de la banca y de la industria. Conviven. Allí, la izquierda entiende que el cuerpo todo lo hace mejor usando las dos manos.En Venezuela, que actualmente no pertenece al mundo civilizado, sucede todo lo contrario: la izquierda, obsesionada con una revolución que se prepara para acompañar al Titanic en el lecho del Atlántico, considera que todo lo que la derecha representa es expoliación, concentración de poder, corrupción, inequidad social y privilegios de clase. Por eso el chavismo, regentado hoy por el nada competente Maduro y el menos honesto Cabello, aprieta la soga en el cuello de un “enemigo” que en otras latitudes es socio para la tarea de desarrollar un país. No es culpa de Chávez ni de Maduro ni de Cabello: ellos solo aplican una desaliñada versión del modelo cubano, que comenzó siendo promesa de futuro para un pueblo y terminó convertido en monopolio sanguíneo de unos hermanos insaciables. Un modelo que mendiga con disimulo mendrugos de esos vecinos que disfrutan de la prosperidad a solo noventa millas.Nuestra guerrilla (en armas o sin ellas) sueña con implementar aquí la franquicia y, si la gente termina por separarlos mentalmente de sus métodos sangrientos, el rollo podría empezar a calar en un país que, como el nuestro (al igual que sucedió en Venezuela), está harto de una elite de apetitos pantagruélicos y una clase política en permanente engorde. Y para allá vamos. Las señales abundan: desprecio por los políticos, odio enconado hacia la banca, decepción frente a las falencias del sistema de salud, fuerzas militares maniatadas, alcaldes que desobedecen la ley mientras los aplauden, paros a granel (mal atendidos por la administración), justicia porosa, estructuras de transporte público insuficientes, indígenas insatisfechos, desconfianza en la prensa, ciudades atestadas de gente que viene de los campos, generosos impuestos, sacerdotes desprestigiados, recelo con la policía, carteles de la empresa privada armados para abusar del consumidor, altos precios del combustible, malestar de las víctimas… y algo fundamental: un grueso sector de la población, representada por políticos y congresistas de amplia exposición mediática, que no vería con malos ojos una especie de venezolización de Colombia. Santos promete un nuevo amanecer y Uribe vaticina la debacle. Los puntos medios se van acabando. Cada bando gradúa y clasifica: el que cuestione los diálogos de Cuba es un enemigo de la paz y quien ose reconocer las bondades de la izquierda es un guerrillero disfrazado o, cuando menos, un mamerto vendepatria. Germinará también algún día el fundamentalismo religioso en los terrenos abonados por el extremismo político que ahora respiramos.Distante estará la posibilidad de vivir en un país de primera mientras no podamos ponernos de acuerdo ni siquiera en que debemos firmar la paz entre nosotros antes de firmarla en la isla-cárcel de los Castro.Ultimátum: Al mejor estilo de Maradona, Tony Blair también nos aplicó un soberbio puntapié.

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