A la carta

A la carta

Febrero 18, 2018 - 06:40 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

Se despide el presidente en forma de saludo a quien aún no llega a palacio. Su carta, profusamente difundida (y analizada) en medios y redes, es un melancólico adiós con vocación de rendición de cuentas. La firma alguien que se asoma, con evidentes sinsabores, al final de su gestión.

Tal vez le pasa a Juan Manuel Santos lo de Pirro, quien también gozó de un amplio período en el poder: fue rey del estado helénico de Epiro en dos oportunidades y por dos periodos, además, monarca de Macedonia.
Pirro, rey y soldado, pasaba la vida combatiendo, acaparando tierras y saqueando, que, más allá de la ética, era la medida de un buen gobernante en aquel entonces. La guerra como tragedia, pero también como herramienta de prosperidad (para decirlo en términos ‘santistas’).

Después de una sangrienta batalla con los romanos, las tropas de Pirro se impusieron a las del general Publio Decio Mus. Fueron dos días de terror. Los romanos perdieron 6.000 soldados, pero Pirro también sacrificó a miles de sus hombres, y se le oyó decir: “Otra victoria como esta y estará todo perdido”. De allí la frase ‘victoria pírrica’, para hacer referencia a un triunfo de alto costo que no satisface al victorioso.

Santos logró lo que nadie antes. Ni los Pastrana, ni López, ni Betancur, ni Barco, ni Gaviria, ni Samper, ni Uribe. Ninguno pudo lo que Santos: pavimentar el camino que recorrió la guerrilla más antigua de América para convertirse en partido político. Hablando de partidos, a veces los de fútbol, aunque el equipo juegue muy mal, se ganan. Santos es precisamente un ganador de partido que no satisface a la hinchada.

Su gestión despierta más bien pocos fervores y, como reconoce en la carta, ha recibido ‘palo’ día y noche. Basta con pasearse por la letrina de las redes sociales para confirmar que se le insulta como si fuera más un criminal que un gobernante, con odios que no respetan el límite de la intimidad.

Esta semana, para no ir más lejos, uno de sus familiares, Gabriel Santos, apuntaló su campaña a la Cámara de Representantes con un video en el que asegura que el apellido Santos era sinónimo de buena reputación hasta la presidencia de Juan Manuel.

No hace mucho un argentino de nombre Guido Culasso ganó la batalla para que Facebook le retirara el veto por supuestamente ofender con aquello del generoso trasero genealógico. No sucede así con algunos de los Santos, que parecieran sentir, gracias al presidente, lo que no han experimentado ni los descendientes de Mason, Garavito, Bundy o Heydrich.

Victoria pírrica la de haber abierto las puertas de una paz que medio país insiste en no cruzar. Victoria pírrica la de traer a la civilidad a los asesinos, secuestradores y extorsionistas, pero no lograr que la gente se sintonice del todo con el logro. Victoria pírrica la de anunciar jubilación del debate público en un país de expresidentes siempre activos.

El acuerdo de paz de Santos tiene monumentales defectos que experimentaremos por generaciones, pero también aspectos positivos que no necesitan más que sentido común para percibirse. En concreto, salvan vidas, pero le acomodan a Santos en la cintura un salvavidas que hasta ahora resulta insuficiente para mantener a flote su buen nombre. Con la paz de Santos solo estamos de acuerdo en que no todos estamos de acuerdo.

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Ultimátum.
No hay candidato más llenador que Gustavo Petro. Dependiendo de la perspectiva del observador, o llena las plazas o llena de miedo.

Sigue en Twitter @gusgomez1701

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