Visiones distintas

Visiones distintas

Marzo 23, 2018 - 11:55 p.m. Por: Gustavo Duncan

El conflicto en Colombia se vivió de manera muy distinta de acuerdo a las regiones en cuestión. En las grandes ciudades la violencia se sintió en episodios muy concretos y las élites que allí habitaban pudieron resolver sus problemas de seguridad de manera más efectiva y contundente que sus contrapartes regionales. La ofensiva de Pablo Escobar fue quizá el único momento en que vivieron una situación de zozobra permanente durante un período de tiempo relativamente largo. Se puede decir que vivieron la guerra en carne propia.

Mientras tanto, en las regiones la guerra iba y venía. El grueso de la población la sentía en carne propia. Cuando paramilitares o guerrillas lanzaban una ofensiva cualquiera podía convertirse en víctima en cualquier momento. Los campesinos podían ser masacrados, la gente del común debía pagar directa o indirectamente una extorsión y las élites políticas y económicas podían ser secuestradas. La vida era una completa zozobra.

No hay punto de comparación entre lo que se vivió en las grandes ciudades y en las regiones. Y la razón para que el conflicto se sintiera de manera tan distinta fue principalmente por las diferencias en la respuesta del Estado. En las grandes ciudades se concentraba el capital y había recursos para financiar la protección desde las fuerzas de seguridad del Estado. Allí también, sobre todo en Bogotá, se concentraba el poder político y por consiguiente las decisiones acerca de donde situar la fuerza pública.

Las diferencias en los modos de vivir la guerra tuvieron, a su vez, repercusiones en las visiones sobre el conflicto. Desde Bogotá, donde la violencia poco se sentía, la vulnerabilidad de las élites regionales, en particular aquellas asociadas al latifundio ganadero y a las prebendas del Estado, era vista como un resultado apenas natural de su resistencia a modernizarse. Por consiguiente, poco se desarrolló un consenso político en torno a la recaudación de nuevos recursos para garantizar su seguridad. Fueron dejados a la deriva porque había una sensación de justicia en lo que ocurría.

En realidad, no era solo que unas élites eran victimizadas. Era que la sociedad en su conjunto estaba siendo consumida por el fuego cruzado entre paramilitares y guerrillas. Campesinos, pobres y gentes del común eran quienes más sufrían. Mucho más que las élites. Lo peor de la miopía con que se miraba la situación fue que en determinado momento las élites regionales optaron por aceptar la protección que ofrecían los ejércitos privados financiados por élites narcotraficantes. Cuando el Estado quiso reaccionar la violencia le llevaba demasiada ventaja.

Hoy ocurre algo similar con otro actor. Se está fabricando la visión de una persecución sistemática de líderes sociales en las regiones por razones ideológicas. La victimización, que es real y nadie en sus cabales la puede poner en duda, es producto de la incapacidad del Estado de ofrecer seguridad en numerosas regiones periféricas y no el producto de una conspiración política. Cualquiera, sea líder social o un ciudadano común y corriente, que se interponga en las aspiraciones de control armado de las Bacrim, las disidencias o el ELN va ser victimizado.

La mejor alternativa para evitar más muertes es que la Fuerza Pública recupere la iniciativa en las regiones. Es cierto que las Farc se desmovilizaron pero aún falta para alcanzar el monopolio de la fuerza.

Sigue en Twitter @gusduncan

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