Vanidad

Noviembre 08, 2014 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

La vanidad comprende en esencia dos tipos de sensaciones. Por un lado uno debe sentir que posee un atributo o un don superior al resto de la gente y, por el otro, debe sentir un goce o una satisfacción por hacerlo explícito.Es muy riesgoso dejarse tentar por la vanidad porque desnuda las pretensiones, los prejuicios y las inseguridades más íntimas. Cualquier mal cálculo puede llevar a que los demás las identifiquen y hagan burlas de ellas. En especial, cuando uno cree que posee un don o atributo que en realidad no tiene o cuando sí se tiene pero es irrelevante o despreciable en el contexto social, el resultado es inevitablemente quedar en ridículo o como alguien patético.Eso fue lo que pasó con la placa que rindió tributo a los marineros, piratas y soldados británicos que fallecieron en el sitio a Cartagena. El alcalde y su comité de asesores, liderados por Sabas Pretelt, desnudaron muchas de las pretensiones, prejuicios e inseguridades de la vieja casta de los ‘blancos’ cartageneros.Cartagena es distinta al resto de ciudades de la costa Caribe. Fue durante la colonia una sociedad esclavista y eso pesa, aun al día de hoy. No solo era la profunda división entre blancos y negros. Fueron también las implicaciones que tuvo un sistema de estatus tan segmentado en la organización de la economía y en la definición de aquellos atributos necesarios para ocupar un lugar superior en la jerarquía social.La economía de las sociedades esclavistas funciona alrededor de una élite racial que controla la producción que se ofrece a un mercado externo. Dado que la mano de obra no es asalariada la formación de un mercado interno es severamente restringida. A medida que pasa el tiempo y la población crece, aparecen muchos blancos que no poseen mayores riquezas, ni oportunidades de ocupación porque el mercado interno es muy pobre, pero sí mucho estatus social. Para ellos su situación social es frustrante porque su jerarquía no se corresponde con sus medios económicos.Cartagena, por supuesto, ya no es esclavista. Finalmente acabando el siglo pasado surgieron clases medias, los políticos profesionales de la sabana se apropiaron de la ciudad y se instaló el principal complejo petroquímico del país. Sin embargo, muchos blancos descendientes de la antigua élite colonial y de familias migrantes de Europa occidental, polacos y turcos no eran aceptados en la élite social, aún sienten un orgullo de su origen. Es la vanidad de sentirse que poseen algo que los diferencia del resto, así la sociedad haya cambiado.Conocer al príncipe Carlos y homenajearlo con una placa por los súbditos británicos que dieron su vida en el sitio de Cartagena era la manera de regocijarse con esa sensación, de equipararse con un personaje que mantiene aún en el mundo moderno un estatus de nobleza. De allí el tamaño del ridículo que hicieron. Si el alcalde solo le hubiera dado la mano al príncipe, sin que se les ocurriera la genial idea de la placa, la gente no hubiera descubierto que unos blancos de viejas buenas familias todavía guardan reminiscencias de aquellas épocas cuando estaban en la cima de la jerarquía social por su puro origen.Hoy en día esa vanidad se paga porque ya ni son élites como tal, cualquier perro o gata los apabulla, ni porque la sociedad aprecie que el linaje o los atributos raciales sean un atributo o un don para sentirse orgulloso, al menos no públicamente.

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