Una nueva izquierda

Abril 04, 2015 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

En un país con los niveles de desigualdad de Colombia uno podría desear que en un momento dado la izquierda gane las elecciones. Más allá de los efectos que pueda tener en el crecimiento económico, si es que efectivamente lo tiene, la inclusión de sectores marginales a través de una mayor redistribución es necesaria por razones puramente morales. Sin embargo, la izquierda colombiana tal como se concibe a sí misma no solo tiene muy poco que ofrecer para hacer una redistribución efectiva sino que los resultados de su gestión pueden ser incluso contraproducentes. Ya hay un precedente inmediato. Durante 12 años la izquierda ha gobernado Bogotá, la ciudad de mayor presupuesto del país, y los resultados en términos redistributivos fueron francamente mediocres. De hecho, se perdió mucho de lo logrado en inclusión de los más pobres por Mockus y Peñalosa, gobernantes que no podían ser calificados de izquierda.Es apremiante entonces un proceso de reinvención de la izquierda si quiere convertirse en la fuerza política que lleve a cabo un proceso redistributivo en el país. Una nueva izquierda tiene obligatoriamente que romper con una serie de dogmas y lastres ideológicos, sobre todo con la concepción leninista de su organización y de sus propósitos políticos.La guerra fría terminó hace décadas pero desde mucho antes estaba claro que el comunismo como forma de organización de la producción no era competencia con el capitalismo. China y Vietnam han podido crecer y mantener el comunismo como régimen político gracias a la protección que brindan a la producción capitalista. Más aún, en Bolivia, Ecuador y Nicaragua no se han presentado crisis de desabastecimiento como en Venezuela por las alianzas de sus gobiernos con sectores empresariales.La izquierda tiene que romper sus prevenciones con el libre comercio y las iniciativas privadas. La apropiación de una parte del valor agregado de los trabajadores es un hecho inevitable en cualquier tipo de sociedad, bien sea por un empresario como sucede en el capitalismo o por las elites burocráticas como ocurrió en el comunismo. Lo que realmente importa es poner límites racionales a esta apropiación y que la parte que se lleva el estado no sea capturada por manos privadas.En ese sentido la izquierda colombiana tiene que poner freno a la corrupción que abunda entre sus cuadros políticos. El caso de los Moreno Rojas fue subestimado en su momento por Jorge Robledo, un político honesto, con el argumento que la corrupción no es el problema central del país. Todo lo contrario. La corrupción es ‘el problema’ y es la causa que los intentos redistributivos fracasen o se ejecuten a unos costos enormes. Cierto es que la corrupción no es un problema solo de la izquierda, es de todo el espectro político, pero si en algún sector político se ve más miserable es en aquel que pretende gobernar para los más pobres.Por último, la izquierda debe reconocer de una vez por todas que las libertades individuales y derechos políticos logrados durante el Siglo XX son conquistas invaluables. No hay caso en escandalizarse con las elecciones atípicas de Jorge 40 y legitimar las votaciones de los Castro en Cuba. Se necesita redistribución pero no al costo de tener que tener que aceptar una cuasi-dictadura como la de Correa o Evo Morales. Sería igual o peor de inmoral que aceptar un coeficiente de Gini por encima del 0,5.

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