Una cosa es...

Diciembre 22, 2012 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

Hacer política consiste en convencer a la gente hasta el punto que las emociones sean más importantes que la razón. De allí que en muchos casos situaciones estructurales de la sociedad que son bastante impopulares terminen por confundirse como parte del repertorio de un actor político en particular. Si bien a veces las grandes ‘embarradas’ tienen nombre propio, la mayoría de las situaciones estructurales no son responsabilidad directa de un actor. Las causas tienden a perderse en procesos históricos de larga duración y las potenciales soluciones responden más a alternativas pragmáticas que a dogmas ideológicos.El domingo pasado, por ejemplo, María Isabel Rueda, abiertamente de derecha, describió en su columna a una Venezuela pre-Chávez con “sofisticadas manufacturas, pujantes empresarios y una vibrante agricultura”. Ciertamente Chávez es una desgracia para cualquier sector empresarial y para cualquier democracia pero afirmar que Venezuela tenía una clase capitalista ejemplar raya en la burla. Una cosa es crear empresas con ayuda de las prebendas del Estado, explotando el mercado interno generado por una renta petrolera, y otra cosa es ser un empresario innovador capaz de competir en un mercado abierto al mundo. De hecho la única empresa venezolana realmente competitiva en las grandes ligas del mercado internacional era Pdvsa de propiedad estatal. El resto de empresas a lo sumo era competitivo en la venta regional de cervezas y alimentos procesados.A Rueda se le olvida el Caracazo de 1989, un amotinamiento popular producto de la necesidad de imponer una serie de medidas que acabaran la economía ficción de los petrodólares. Tres años después el presidente Carlos Andrés Pérez, el mismo de las medidas económicas, era destituido en medio de acusaciones de corrupción. Los hechos muestran que no era Venezuela una economía pujante con instituciones sólidas. De hecho Chávez llegó al poder de la mano de sectores excluidos de la corrupción con toda la ambición de apropiarse y redistribuir las rentas estatales. La gran lección para quien quiera despojar a los chavistas del poder y gobernar con instituciones verdaderamente democráticas es que tiene que solucionar la dependencia social de la renta petrolera. La izquierda tampoco se queda atrás. Los desaciertos recientes de Petro en Bogotá no son más que el resultado de dejarse llevar por sus propios prejuicios. Una cosa es que los operadores privados de los servicios públicos aprovechen la situación para capturar rentas del Estado pero otra cosa es que la corrupción estructural del sistema sea culpa de ellos. Ya antes, cuando los servicios públicos eran operados por el Estado, el robo y la ineficiencia eran la norma general. La imagen de volquetas obsoletas y de trabajadores sin ningún tipo de equipamiento levantando bolsas de basuras a tres metros del suelo son el retrato de lo que eran los servicios públicos cuando eran propiedad exclusiva del Estado.La corrupción del sistema político colombiano y, por consiguiente, de la administración del Estado no es patrimonio de ninguna colectividad política. Alcaldes, legisladores y funcionarios de todas las vertientes y variantes pueblan las cárceles del país. La pregunta para los analistas e investigadores de la política no debería ser el asunto coyuntural sobre quién roba más sino la situación estructural de por qué casi todos roban tanto.

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