Toros

Toros

Enero 19, 2018 - 11:55 p.m. Por: Gustavo Duncan

Cuando tenía un poco más de veinte años no existía Internet. Entonces uno tenía que arreglárselas con los libros, la televisión y el cine que estuviera a mano. Si, además, uno era originario de una ciudad pequeña y regresaba durante las vacaciones universitarias había aún menos de donde escoger. Por eso, las bibliotecas de los parientes se convertían en lugares importantes para matar las largas horas de tedio antes de la noche.

Recuerdo en particular un libro de una de estas bibliotecas. Era un tratado muy completo de más de 600 páginas sobre tauromaquia. Tenía muy pocas fotos, así que casi todo había que imaginárselo. El libro lo había comprado el esposo de una tía que fue gerente durante un par de años de la plaza de toros de la ciudad. De cuenta de los pases de cortesía que nos regalaba pude ir a varias corridas. Pero de eso habían pasado ya varios años y cuando asistí poco disfrute el espectáculo. Era adolescente y solía despreciar lo que no entendía.

Con el libro adquirió sentido el toro de lidia y la fiesta brava. El problema era que ya no tenía pases de cortesía ni dinero para comprar las boletas. Así que me olvidé de mi lectura hasta hace poco que, a raíz del activismo antitaurino, volví a interesarme en el asunto. La ventaja ahora es que con YouTube es posible hacerse una idea del mundo real. Están las imágenes y los sonidos de las corridas, la historia de la fiesta brava y, lo más importante, de todo lo que sucede por fuera de la plaza, en el campo, donde se crían los toros de lidia.

Bastan unos pocos minutos de video para comprender por qué las corridas generan tanta resistencia. Se trata de un espectáculo donde la trama gira alrededor de un sacrifico. El sentido de la lidia es descubrir la voluntad del animal por embestir hasta el último aliento y la posibilidad, muy improbable, de que el toro muestre tanta nobleza y bravura que su vida sea perdonada. Si es indultado, el toro pasará el resto de su vida como semental. Nada más cercano a la metáfora católica del sacrificio de la vida de un hombre y el anhelo de salvación.

Y, aunque es un espectáculo sangriento y cruel, su violencia está lejos de tener una motivación en el morbo. Se trata de una violencia llena de rituales. El daño que se causa al toro, así sea destinado a matar, es estrictamente regulado. Cualquier exceso en la lidia con la pica o las banderillas se paga con la rechifla del público. La situación solo se sale de control cuando el toro embiste al torero y, al menos abiertamente, nadie celebra cuando ocurre. Es un drama.

Por supuesto, un espectáculo basado en el sacrificio de un animal es inaceptable en los tiempos que corren. Está condenado a desaparecer en una sociedad donde la idea de la vida como una lucha a muerte por la salvación cada vez tiene menos sentido. Es solo un resabio de la historia del Mediterráneo y de sus coliseos.

Pero en otras sociedades, donde aún la muerte tiene mucho de suerte cotidiana y no de tragedia, la fiesta del toro mantiene su sentido. En las corralejas, la versión carnavalesca de la fiesta brava, la violencia es un ritual donde se celebran los excesos. Los heridos y los muertos son ovacionados. Allí muy raras veces llegan los antitaurinos. Ellos no hacen parte de un mundo en que los sacrificios todavía tienen mucho de banales. Están muy lejos de comprenderlo, así en YouTube también estén las imágenes de ese mundo mucho más cruel.

Sigue en Twitter @gusduncan

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