Tolerancia

Mayo 04, 2013 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

Si en algo se parecen la extrema izquierda y la extrema derecha es en su concepción de la tolerancia. Para los extremistas los valores, posiciones y aspiraciones políticas de los demás son intolerantes porque no toleran su visión de la sociedad. Un homosexual declarado o un empresario exitoso son intolerantes porque riñen con esta visión. Y bajo tal premisa nadie que piense y actúe distinto a sus principios merece ser tolerado.En los últimos meses hemos visto con preocupación sendos casos de la particular concepción de la tolerancia que tienen los extremos. El procurador Ordóñez quiere tumbar la ley antidiscriminación porque considera que: “Podría conducir a nuevas e incluso a peores discriminaciones u hostigamientos que los que se pretenden sancionar”. Su argumento es que ciertas creencias religiosas prohíben relacionarse con personas de determinadas características, por ejemplo homosexuales, y sería intolerante para quienes practican estas creencias tener que tolerarlos.Hay algo de razón. En ciertos espacios es de suponer que no puede exigirse a los miembros de una comunidad aceptar ciertos comportamientos y tendencias. Podría uno suponer incluso que quienes no las comparten no deberían tener interés en ser aceptados por la comunidad. Si se es negro, homosexual y judío no tiene sentido asistir a una fiesta de skinheads. No obstante, el argumento flaquea al omitir que el propósito de la ley concierne en su mayor parte a lo público, a espacios donde todos tenemos derecho a socializar y donde es peligroso que alguien en particular venga a imponernos en qué creer, cómo actuar y a quién segregar.La gran intolerancia del Procurador es precisamente esa. La de querernos imponer mediante marrullas clientelistas y chantajes jurídicos los principios y valores que rigen nuestra sociedad. Lo peor es que el procurador asume la representación de una mayoría cuando en realidad su secta religiosa es una minoría, así como las personas que son enemigas acérrimas del sexo, el respeto a una sociedad laica y las formas comunes y corrientes de entretenerse.Pero la extrema izquierda no se queda atrás. Cuando falleció Chávez el representante Iván Cepeda salió a defender el régimen venezolano con el argumento de su respeto a las normas constitucionales. Parecía un mal chiste la declaración de Cepeda. A excepción de Cuba es difícil encontrar en la región un gobierno más intolerante y arbitrario que el de Venezuela. Los chavistas cambian las normas como y cuando quieren. Se mantienen al mando del Estado sin ninguna rendición de cuentas. Y cuando los opositores reclaman los acusan de fascistas intolerantes por no tolerar el abuso del gobierno.La pasada golpiza en la Asamblea Nacional es solo una tragicomedia de la intolerancia de la izquierda. Imagínense nada más que un presidente del Legislativo de Colombia le hubiera negado la palabra a Cepeda por no reconocer la legitimidad de Uribe. ¿Eso le hubiera parecido respetuoso de las normas constitucionales? Peor aún, que lo hubieran molido a puños mientras la transmisión se distraía con el cielo raso del capitolio, ¿le hubiera parecido una respuesta merecida por su intolerancia al reclamar el derecho a la palabra?Al final para ambos extremos la tolerancia no existe. Es solo una excusa para reclamar ventajas políticas en el logro de una sociedad sin espacios ni derechos para quienes sean distintos.

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