Santoyo II

Santoyo II

Agosto 25, 2012 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

No tomó mucho tiempo para que Santoyo confesara. Ahora la cuestión va a ser las repercusiones políticas de su confesión. Las colectividades políticas que aglutina Uribe van en apariencia ser las más afectadas. ¿Cómo no si Uribe se empecinó en protegerlo? Pero las confesiones también pueden salpicar a la clase política de Santos. El ejercicio del poder en la democracia demanda el respaldo de la mayor cantidad de sectores de la sociedad. Cuando muchos de estos sectores están ligados al narcotráfico necesariamente se cae en el dilema de recibir o no su respaldo. Aunque estén ‘contaminados’ sus recursos y su apoyo, son definitivos para llegar al poder porque representan fuerzas sociales que pesan en la realidad nacional. Este es un dilema que no solo enfrenta la clase política sino las fuerzas de seguridad y demás sectores de poder en el país.La historia tiene mucho que decirnos porque el asunto no se trata de nada nuevo. El 1 de septiembre de 1982 una avioneta lanzó panfletos sobre Bogotá. Los panfletos eran del grupo Muerte a Secuestradores (MAS), en ellos negaban la autoría de la desaparición del profesor Alberto Alava. La acción apuntaba a otro narcotraficante, Jader Álvarez. Razones tenía: sus tres pequeños hijos habían sido secuestrados por una célula guerrillera. El 19 de septiembre los cadáveres de los niños fueron encontrados.El investigador asignado al caso era el entonces coronel Nassim Yanine Díaz. Sobre él pesa una investigación de delitos de lesa humanidad que la corte ordenó reabrir en 2010. El caso involucra la desaparición de 13 civiles relacionados con el secuestro. Desconozco los resultados del caso pero las acusaciones son dicientes de una realidad que comenzaba a forjarse en las regiones. La de miembros de la fuerza pública que tenían que enfrentarse a una guerrilla que secuestraba a unos narcotraficantes que emergían como nuevas élites regionales. Fue así que muchos de ellos se aliaron con los narcos para combatir a un enemigo común. Terminaron siendo héroes en la lucha contra el secuestro al tiempo que eran villanos por proteger un nuevo orden regional que pasaba por los efectos sociales, políticos y económicos de los dineros de la droga.Mientras en las regiones los efectos fueron contundentes, en Bogotá las cosas fueron más sutiles. El 6 de octubre de 1982 apareció en la primera página de El Tiempo un aviso de la familia de Jader Álvarez agradeciendo al presidente, las autoridades militares, civiles y policiales por la solidaridad recibida. El 18 de octubre Jader Álvarez es identificado como narcotraficante dentro de la operación Pez Espada. La noticia fue recogida por El Tiempo pero en ese entonces no hubo ningún debate acerca de la publicación de avisos de la mafia a pesar que ya el MAS había publicado avisos de recompensa por información sobre Martha Nieves Ochoa y el 16 de mayo había aparecido una página entera con un aviso de los extraditables (P. 7B).Este detalle, insignificante en términos de recursos pero revelador en términos simbólicos, es diciente de otra realidad que se forjaba en el centro del país, lejos de las regiones. La de sectores de poder nacional que tenían que convivir con una realidad que los rebasaba así no tuvieran ellos que ver directamente con las operaciones de producción y tráfico de drogas.

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