Santos el moderno

Santos el moderno

Marzo 23, 2013 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

De los tres lemas de relanzamiento del gobierno de Santos -justo, moderno y seguro- el de moderno es el que encierra mayores ambigüedades. Es obvio que el calificativo está pensado contra el país premoderno de Uribe, es decir aquel país que se ha caricaturizado como una selva de latifundistas, políticos corruptos y siervos dependientes de la protección de ejércitos feudales.Sin embargo, no es claro que Santos tenga una propuesta real de modernización ni que sus propias prácticas de conducción del Estado sean el mejor ejemplo de modernidad. El problema empieza en la misma concepción del gobierno sobre qué es lo moderno. Pareciera que Santos se ha creído la caricatura que él y su círculo social han construido sobre el país.Si bien existen sociedades donde los preceptos básicos de la modernidad no aplican, no es posible afirmar que se trate de la premodernidad a secas. Es más complejo que eso. Se trata de sociedades expuestas a procesos de modernización pero que al mismo tiempo mantienen formas tradicionales de relacionarse y de establecer jerarquías de poder. Entre otras razones porque lo tradicional en las circunstancias locales ofrece mayores garantías que una eventual adopción de las prácticas de la modernidad. En palabras simples: ¿Quién no va recurrir a las relaciones de patronazgo cuando no existe un mercado formal de trabajo que provea de manera impersonal los elementos básicos de subsistencia material?No es entonces lo ‘premoderno’ el producto de una conspiración de políticos, latifundistas y mafias feudales. Existen razones bastante coherentes, o racionales en los términos de los tecnócratas de Santos, para que la sociedad escoja no solo ciertos aspectos del orden tradicional sino las oportunidades que ofrecen prácticas criminales que van desde el narcotráfico hasta la minería ilegal.Por la incapacidad de comprender los fundamentos del orden social en las regiones Santos se queda en el lugar común de sentirse en misión civilizadora cuando la realidad es que no tiene nada que ofrecer a las fuerzas políticas de las regiones, tanto a actores dominantes como subordinados, para hacer posible un proceso de modernización. El mejor ejemplo de esta incapacidad es la forma cómo ha dilapidado los recursos de la locomotora minera. La bonanza se está diluyendo en pura enfermedad holandesa mientras que la industria y la agricultura, que podrían construir un mercado de trabajo moderno en las regiones, se estancan.En el fondo esta incapacidad es producto de la sutil premodernidad de Santos. El Estado moderno supone un manejo por funcionarios seleccionados de manera impersonal por sus méritos para cumplir una tarea específica. Y pese al nombramiento de algunos tecnócratas de demostrados méritos, lo que uno suele encontrar es una repartición de puestos entre amigos de la elite bogotana. Uno se tropieza con una ministra de Educación que llegó a educarse del tema, un ministro de la política que como no sabía de política hubo que cambiarlo de cartera, un embajador cuya experiencia diplomática se limitaba a atender a sus invitados en un programa de Tv y una alta funcionaria, hija de un empresario chirriado, que tenía graves problemas de lectoescritura.Con semejante equipo tan premoderno no es extraño que el proyecto de modernización sea similar a la caricatura del país premoderno construida desde los prejuicios de la elite de Bogotá.

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