Resistencia civil

Mayo 14, 2016 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

Uribe ha adoptado el lenguaje de los movimientos sociales. Como presume que no hay manera a través de los procedimientos democráticos de impedir que lo acordado en La Habana se materialice, apela a una figura legítima entre sus detractores de izquierda, como es la resistencia civil, para plantear una oposición al proceso en el largo plazo.Hasta ahora la respuesta a Uribe se ha centrado en cuestionar la legitimidad de su llamado a la resistencia civil. Se quiere sembrar un manto de duda en las motivaciones pacíficas de su llamado y lo comparan con el llamado de Carlos Castaño durante los tiempos del Caguán. En otras palabras, el mensaje es que en manos de Uribe el uso de un repertorio de protesta propio de los movimientos sociales en ningún caso puede ser civilista. Constituye, por el contrario, una amenaza solapada de reactivación del paramilitarismo.Pero no es eso lo verdaderamente sustantivo y preocupante del llamado a la resistencia civil. Sin duda Uribe está en todo su derecho de utilizar un mecanismo propio del pluralismo y de la democracia para oponerse a unos acuerdos que causan rechazo en amplios sectores. Además, más allá de unas cuantas marchas y del uso de un lenguaje que polarice aún más el debate no debería pasar mayor cosa en el horizonte inmediato. Una reactivación del paramilitarismo similar a los 80 y 90 que llevó al genocidio de la UP no tiene asidero en la realidad. Son situaciones muy diferentes las actuales.Lo grave son las próximas elecciones. No solo de 2018, sino de 2022 y de pronto de 2026. El mensaje en la posición asumida por Uribe es que si un candidato de su entraña llega a la Presidencia los acuerdos de La Habana no van a ser reconocidos. En ese caso la resistencia civil se va a convertir en desmantelamiento de facto de los acuerdos, o al menos en su revisión por el nuevo gobierno.Ante esta circunstancia, lo que de verdad debe preocupar al país es la crisis política que causaría la sola posibilidad que un candidato uribista pueda ganar unas elecciones presidenciales. Estarían en riesgo ni más ni menos que el futuro de las Farc como movimiento político en la legalidad y la credibilidad de las instituciones del Estado. No es viable una democracia en que las reglas del juego pueden volar por los aires si uno de los participantes triunfa. Las elecciones en vez de una competencia por el derecho de gobernar durante un período de tiempo sería una competencia por imponer instituciones a la medida del triunfador.La responsabilidad de esta futura crisis política no es solo producto de la obstinación de Uribe contra cualquier solución razonable que se pueda alcanzar en La Habana. El desempeño político de Santos en Colombia es mediocre. Poco se ha preocupado por concertar con la oposición la legitimidad de los acuerdos. Todo lo ha confiado a sus mayorías en el Congreso. También es cierto que el uribismo no es el único sector que se pasaría por la faja las instituciones en caso de ganar las elecciones. Las propias Farc han dicho que su objetivo político permanece invariable: la implantación de un modelo socialista. No habría que esperar menos de eso si llegan a ser gobierno. Es la contracara del uribismo.Colombia pareciera estar entrando a un período de su historia institucional en que la estabilidad política dependerá del triunfo de candidatos moderados. Es, sin duda, una situación demasiado riesgosa.Sigue en Twitter @gusduncan

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