Repetición

Junio 16, 2012 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

La calidad de la nueva serie de Escobar es un avance gigantesco con respecto a las producciones televisivas anteriores. Pero como siempre el asunto moral impide que la trama pueda superar la obligación de construir un mito de la maldad alrededor del narco en contraposición al mito de los héroes que salvan la Nación. Un detalle superficial sintetiza toda la lógica de este mito: en la serie Escobar aparece rodeado de amantes pero nunca aparecen las amantes de los héroes. De hecho, es ampliamente conocido que la amante de una de las víctimas más importantes de Escobar era una exmodelo que luego hizo una fulgurante carrera pública. Dudo que la serie se atreva a revelar este detalle, pues destruiría los mitos sobre los que se funda la trama.Una construcción tan ingenua y simple del tema narco es un obstáculo para que la sociedad colombiana pueda comprender las razones por las cuales una actividad criminal ha perfilado las últimas tres décadas de nuestra historia. El asunto no es si Escobar era malo o no. Lo de fondo es qué sucedió para que gente muy ‘mala’ adquiriera tanto poder político y militar y se convirtiera en un factor central de las decisiones más importantes de la sociedad colombiana.Hasta ahora la serie sigue vendiendo la idea que todo se trató de un asunto de corrupción y provecho de la necesidad de los más desamparados. El poder político de los narcos se deriva simplemente de una clase política igual de criminal que vende la democracia por pura codicia. Para ocupar los cargos públicos manipulan a unos votantes miserables, sin educación y en extrema necesidad, que no tienen ni voluntad ni alternativa distinta a recibir los regalos y prebendas de narcotraficantes que buscan corromper las instituciones estatales.La realidad es más compleja que eso. El narcotráfico significó para amplias capas de la población el acceso al mercado de masas. No era vivienda, alcantarillado y escuelas lo que motivaba a los excluidos. Era la oportunidad de participar en nuevas esferas de relaciones sociales. Sin el capital de las drogas nunca hubieran superado la economía de subsistencia y más recientemente nunca hubieran comprado un celular o usado Internet. Para un sector de excluidos fue además la oportunidad de competir por el poder político, incluso en instancias nacionales. Acaso, ¿si no hubiera sido por el narcotráfico los políticos bogotanos alguna vez habrían tomado en serio a los políticos populares de provincia?El mito del narco como villano no proviene sólo del establecimiento. La propia izquierda, incluyendo la izquierda armada, ha subestimado su papel en la política y en la sociedad. Cuando las guerrillas decidieron secuestrar a los familiares de los narcotraficantes para financiar la revolución nunca imaginaron que ellos iban a organizar sus propios ejércitos con capacidad de disputarles el territorio y su base social. Pero todavía hoy argumentan que la ley de paz de las guerrillas debe ser distinta para los paramilitares porque no son nada distinto a una herramienta criminal de sectores de las elites. ¿No se han dado cuenta que con la organización de ejércitos los narcotraficantes asumieron el papel de estados regionales e impusieron sus intereses en la agenda política?Ya va siendo hora que conozcamos nuestra historia si no queremos repetirla tal como se justifica la serie de Escobar al inicio de cada capítulo.

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