Petro

Petro

Noviembre 02, 2013 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

Una eventual destitución de Petro por Ordóñez sería un acto propio del uso político de las facultades judiciales. No es la primera vez que Ordóñez lo hace. Con Alonso Salazar hay mucho de eso. Y no lo hace solo con sus opuestos ideológicos. El Procurador aprovecha casos mediáticos que suscitan la indignación pública. Se adelanta a las demás agencias de la ley con el propósito que sus decisiones se traduzcan en popularidad. Así hizo con Alirio Villamizar del partido conservador.Sin embargo, Petro no tiene la mínima razón para argumentar que se trata de una persecución de Estado, una revancha de las mafias o un ataque a la paz del país, tal como lo quiere presentar. Las razones para su destitución son más mundanas. El asunto involucra solo al Procurador que aprovecha su incompetencia para cobrar por ventanilla la salvación de la administración pública de Bogotá. Si Petro fuera popular Ordóñez no se atrevería a tocarlo.Confieso que soy contrario a esta forma de destitución. Es probable incluso que sea la salvación de Petro para futuras elecciones. Podrá argumentar que sus pobres resultados se debieron a que la derecha no lo dejó gobernar. Es preferible la consulta popular porque lo deja sin piso político para aspirar a la Presidencia.Petro fue un excelente congresista. Ojalá regrese a la rama Legislativa. Sus debates y sus habilidades para ejercer control político hacen falta. Pero sus capacidades para ocupar la rama Ejecutiva son diametralmente opuestas. Lo que más preocupa son las razones por las que es tan mal gobernante. Petro simplemente no ha podido superar la concepción de la izquierda de la guerra fría. En el oficio de gobierno todavía se concibe como el autócrata de algún Estado bajo la esfera del comunismo soviético. Así de obsoletas son sus decisiones y actuaciones.Su megalomanía no es original. Desde los correctos camaradas Ceausescu y Hoxha hasta Kim Jong-un y Castro han sido líderes que creen que solo ellos tienen las claves para solucionar los problemas de la población. Se sienten con dotes superiores para interpretar las aspiraciones de la gente del común. Las críticas no son cuestionamientos a una gestión. Son un ataque a las aspiraciones del pueblo. Por eso Petro desestimó los cuestionamientos por el desastre de las basuras como un intento de la oligarquía por recuperar un negocio que le había arrebatado a la ciudadanía.No es de sorprender así que cualquier miembro del círculo cercano de gobierno que cuestione sus decisiones sea considerado un potencial traidor no de Petro sino de ese mismo pueblo que solo él, ni siquiera el pueblo mismo, sabe interpretar. El conocimiento especializado de los problemas de política pública es opacado por la necesidad permanente del líder de reafirmar su autoridad en la estructura del Estado. Solo los burócratas más hábiles en el arte de la zalamería y de medrar en los cargos públicos disfrutan y sobreviven en estos ambientes. Por fortuna Petro no es el dictador de un Estado sino el alcalde de una democracia y los funcionarios con criterio renuncian sin tener que pasar frente a un pelotón de fusilamiento.La gran tragedia de Petro, al igual que muchos en la izquierda formados en la guerra fría, es que no han sido capaces de reinventarse en el oficio de gobernar. Deberían aprender de Correa y Lula, cuyos países crecieron más que cuando la derecha gobernaba, y olvidarse de Chávez y Ortega.

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