Perder la cabeza

Perder la cabeza

Septiembre 22, 2012 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

El último lance de José Obdulio en su columna de El Tiempo es una apuesta dura. Su acusación es ni más ni menos que el negociador principal del Gobierno antepone la condición privilegiada de un secuestrado al logro de la paz. En una democracia de verdad el final sólo podría estar dado por el rodamiento de una cabeza. Si es cierta la acusación, Sergio Jaramillo debería irse inmediatamente e incluso habría lugar para considerar la renuncia de Santos. Si no es cierta, lo mínimo que debería hacer El Tiempo es despedir al columnista. Una acusación de semejante calibre sin algún tipo de sanción equivale a complicidad.Hasta ahora la cabeza que parece estar en caída libre es la de José Obdulio. Sus acusaciones tienen un fundamento frágil. No es claro que en este caso particular haya existido un acuerdo bajo la mesa. No existen fuentes o versiones distintas a la suya que respalden la acusación. Peor aún, ante un hecho bastante dudoso agregó fragmentos de ficción sin hacer explícita que era una invención propia. Cuando los protagonistas lo desmintieron su cabeza quedó a la deriva.Pero más allá de la suerte de José Obdulio lo cierto es que el tema que puso en la mesa no es un asunto despreciable. Las Farc estuvieron en condiciones reales de desafiar a los poderes establecidos del país no cuando fueron capaces de tomarse Mitú por un puñado de días, sino cuando pudieron hacer un uso sistemático del secuestro. Y quienes fueron las principales víctimas no fueron las elites de Bogotá que hoy están negociando en La Habana, sino los ricos -y una vasta mayoría de no tan ricos- de pueblos y ciudades intermedias.Una simple mirada al archivo digital de El Tiempo demuestra que los principales sujetos de plagio eran hacendados, notables y campesinos de tierra caliente. Estos secuestros eran reportados de manera casi anónima en la página 3A donde usualmente iba la reseña judicial del periódico. Cuando el secuestro afectaba a alguien de la elite económica, social o política del país, la reacción del periódico era contundente. Había una movilización de la opinión para exigir la liberación bien fuera por las buenas o por las malas.Esta postura diferenciada de las elites nacionales frente al secuestro no solo involucró a la guerrilla. Durante la guerra contra Escobar las elites demandaron al país valor y coraje para enfrentar al narcoterrorismo pero apenas sus hijos fueron secuestrados cambiaron de opinión. Una revisión a los acontecimientos que rodearon la firma del Decreto 3030 de 1990, mediante el cual se restringía la extradición, demuestra el papel que jugó el secuestro de las notables de Bogotá en el cambio hacia una postura conciliadora con las mafias.Por supuesto que la desmovilización de las Farc le conviene al país pero eso no da pie a que la sociedad al unísono tenga que aplaudir todo lo que se haga. Así como fue deplorable que en su momento el presidente Uribe estigmatizara a quienes demandaban posturas más duras contra los paramilitares durante Ralito, también es deplorable que ahora la izquierda haga lo mismo con cualquiera que exija un tratamiento más radical a la guerrilla. El hecho que José Obdulio pierda con razón su cabeza en El Tiempo no quiere decir que la sociedad deba perder la cabeza para opinar. El tema del secuestro, por ejemplo, debe ser una prioridad en la agenda de la sociedad civil durante la negociación.

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