Paz pendiente 2

Noviembre 17, 2012 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

De nuevo el hecho de no haber cerrado el proceso de paz con los paramilitares se refleja en un empantanamiento de la discusión política. Mientras las Bacrim masacran, secuestran y extorsionan a lo largo de las regiones colombianas, la discusión gira en torno de sucesos que tuvieron lugar hace casi tres décadas. Las declaraciones de Yair Klein son noticia hoy porque el país todavía desconoce lo que realmente pasó.La opinión persiste en una discusión idílica sobre el inicio y la culpabilidad de un sector del establecimiento nacional y regional. En la búsqueda del pecado original se ha pasado por alto toda una serie de transformaciones del paramilitarismo que en el futuro inmediato son cruciales para evitar la repetición de la historia.El país olvida que en sus inicios la decisión de respaldar o no la formación de grupos paramilitares era un asunto de supervivencia básica. A principios de los 80 había sólo dos opciones para las clases altas y medias que vivían en las regiones que sufrieron la avanzada de la guerrilla. O apoyaban la creación de grupos paramilitares o debían perder sus propiedades e irse a las grandes ciudades. Puede ser que el poder de las elites regionales colombianas esté fundado en relaciones sociales sumamente inequitativas pero la injusticia no altera una realidad: si no hubiera sido por el paramilitarismo hubieran sido arrasados sin que el Estado central hubiera hecho mayor cosa. “Que no había otra opción a mediados de la década de los 80” es una verdad de a puño.No se trata con el argumento anterior de justificar el paramilitarismo. Mi intención es señalar que la discusión importante en estos momentos no son las responsabilidades en el origen. Las causas originarias ya quedaron en el pasado y al día de hoy son otros factores lo que explican la reproducción del fenómeno. El país lo que debe concentrarse es en indagar cómo el paramilitarismo transformó la sociedad y generó nuevas relaciones de poder. En el centro de las transformaciones estaba el tema del narcotráfico y la violencia como la base de las relaciones económicas.Al final el paramilitarismo fue algo más que una organización de lucha contrainsurgente. Era la estructura institucional que protegía la generación de riqueza y poder desde las regiones. Y aunque la sociedad en su conjunto estaba involucrada existen claramente unos responsables con nombre propio que se beneficiaron y mantuvieron las nuevas relaciones de poder. Estos responsables rebasan a los villanos conocidos, es decir a los paramilitares y narcotraficantes que están presos o abatidos. Políticos, empresarios, relacionistas públicos, lavadores de riqueza y demás figuras que pueden sortear la acción de la Justicia son quienes aún hoy sostienen una estructura de poder basada en la acumulación desde el narcotráfico y la corrupción y en el establecimiento de unos límites muy concretos a la intervención de las instituciones estatales en las regiones. La clase política nacional conoce muy bien esta realidad pero aun así negocia con ellos para hacerse elegir democráticamente y gobernar el país.Si no se devela esta estructura de poder mediante un proceso de verdad, así se relajen los castigos al máximo, no será raro que en menos de una década estemos hablando de la Bacrim-política y ya no sólo como consecuencia de las drogas sino de la minería ilegal.

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