Nápoles

Agosto 09, 2014 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

Como los animales que alberga la Hacienda Nápoles es hoy en día la versión domesticada de uno de los episodios más salvajes de nuestra historia. Ya no es el lugar donde se planearon los peores magnicidios y atentados de los 80. Tampoco el símbolo más crudo del significado social del narco, el de la posibilidad de los excluidos del mercado de disfrutar del consumo más desaforado. Nápoles era una reproducción de los parques temáticos de la Florida, muy de moda entonces, con la diferencia que estaba hecho para la gente pobre del trópico que podía entrar sin pagar.Ahora es el símbolo de otra cosa. De las casi 3000 hectáreas de la propiedad de Pablo Escobar más de la mitad fueron donadas al Inpec para construir una cárcel. Su hacienda terminó siendo utilizada como un lugar de castigo para los criminales. Es un mensaje del Estado a quienes pretenden desafiarlo. Así muchos de sus dirigentes y de sus funcionarios hayan sido corruptos y se hayan hecho ricos con la plata del narco, hay límites que los bandidos no deben cruzar.El resto de hectáreas se entregaron en concesión a un operador privado luego que la Dirección Nacional de Estupefacientes (DNE) tuviera problemas para mantener a los animales con vida. Si para algo ha servido la DNE es para enriquecer a los amigos de las cuotas políticas del gobierno de turno. Pero administrar animales exóticos es un oficio demasiado complejo para aquellos que solo buscan plata fácil. Eso es una verdadera empresa, no una oportunidad de lucro con el capital acumulado por narcos en declive.De hecho, casi todos los animales que hay en el zoológico no son los descendientes de los que trajo Escobar. En aquel entonces no había felinos, ni ningún otro carnívoro. A Escobar no le gustaban porque una vez un gato criollo devoró un loro de un lejano continente que costó una millonada.El robusto cachorro de león que está a punto de alcanzar su madurez no tiene nada que ver con los tiempos salvajes de la hacienda. Es una nueva atracción que se da el lujo de pasear en una jaula tan grande que de seguro debe pensar que somos nosotros quienes estamos prisioneros allá afuera. Preferirá una cárcel en el Magdalena Medio antes que una vida azarosa y llena de peligros en el Serengueti. Tal como los narcos de hoy en día, es mejor sortear algunos años de cautiverio para no morir antes de tiempo.Pero lo más significativo de la domesticación de Nápoles es el estado de la antigua mansión de Escobar. Al llegar, el guía que organiza la circulación de los vehículos nos recibe con la frase: “Ahora pueden visitar la casa del antiguo dueño”. “¿De Pablo Escobar?”, le preguntamos. “Sí. Es que la administración nos tiene prohibido mencionar el nombre”. La antigua mansión es quizá el único lugar que el operador ha dejado intacto. Sobre las ruinas se expone toda una infografía sobre la vida de Escobar. Para poder presentarla sin ofender se alude a la representación de la maldad en su estado más puro, como un recorrido por una casa embrujada: fotos de asesinatos, de sobrevivientes en sangre viva, de restos de avión y de carros bombas colgando de paredes ruinosas.Y se alude a la necesidad de conocer la historia para no repetirla. Así se repita un detalle nuestro tan recurrente. El de la exclusión. La entrada menos costosa es de $32.000. A diferencia de los tiempos de Escobar los pobres no tienen como pagar para ver a los animales de Nápoles.

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