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Alfredo Molano ha dedicado sus dos últimas columnas en El Espectador a justificar las actuaciones de las Farc en el conflicto.

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Febrero 20, 2017 - 02:45 p.m. Por: Gustavo Duncan

Alfredo Molano ha dedicado sus dos últimas columnas en El Espectador a justificar las actuaciones de las Farc en el conflicto.
En la primera, titulada ‘La última lágrima de Pablo Catatumbo’, se refiere a los secuestros de los familiares de los jefes guerrilleros por los grupos paramilitares. Molano retrata la crueldad de esa práctica como retaliación por los secuestros de familiares de los narcotraficantes. Incluso rescata la reputación de una hermana de Catatumbo asesinada por Carlos Castaño y de la que se dijo que había sido su amante. Niega la veracidad de esta versión y acusa a un coronel de inteligencia militar de fabricarla.

La segunda columna causa aún más desconcierto. Molano argumenta que como en el campo colombiano los niños deben trabajar desde muy temprano es justificable que sean reclutados desde edades muy tempranas. Dice cosas del siguiente calibre: “Los niños no se hacen guerrilleros a la fuerza, su mundo se vuelve guerrillero y ellos en él, ocupan el lugar que les toca. […] Hay niños y niñas cuyo único refugio amoroso son sus hermanos mayores guerrilleros; los admiran y quieren ser como ellos. Y en lugar de hacer mandados en su casa, buscan las filas para hacerse grandes”.

Al margen de sus preferencias políticas, Molano es un clásico en las ciencias sociales colombianas. Ha escrito textos como Trochas y fusiles y Selva adentro, que son indispensables para comprender la historia reciente. Por eso es tan importante discutir las implicaciones de sus últimas columnas.

Lo primero es que la opinión encuentra legítimo que intelectuales que tengan algún tipo de simpatía con la causa guerrillera puedan participar en los principales medios para exponer una versión de lo ocurrido totalmente favorable a las Farc. Serán, dentro de la competencia por la construcción de la memoria y la verdad, los actores encargados de defender una interpretación del conflicto que responsabilice al Estado y a las élites y exculpe y justifique a la guerrilla.

Lo segundo es que en la fabricación de esa memoria no pareciera importar las atrocidades cometidas por la guerrilla. Que un intelectual como Molano desprecie tanto dolor causado es una advertencia que en la competencia por imponer una versión de lo ocurrido, los intelectuales afines a las Farc poco van a hacer para reconocer a sus víctimas. Uno se pregunta qué sentirían los familiares de los once diputados del Valle y de todos los secuestrados de las Farc que murieron en cautiverio al leer a Molano compadeciéndose de Pablo Catatumbo, uno de los grandes responsables de la práctica masiva del secuestro en Colombia. Ni que decir de todas las madres y padres que fueron obligados a entregar por la fuerza a un hijo menor de edad a la guerrilla. Bajo esa premisa el dolor de los victimarios estará por encima de la dignidad de las víctimas.

Lo tercero es si los defensores de derechos humanos de izquierda radical se van a prestar al igual que los intelectuales a banalizar el sufrimiento de las víctimas de la guerrilla. Sería interesante saber la opinión de Iván Cepeda y del padre Javier Giraldo sobre las columnas de Molano.

Y por último, las columnas resaltan la importancia de sectores menos comprometidos políticamente de participar en la construcción de la memoria para evitar que una parte importante de la sociedad deslegitime el proceso de paz al verse revictimizada en la interpretación de lo ocurrido.

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