Mayorías sin voz

Abril 25, 2015 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

Muchos criminólogos culpan del estado actual de marginalización de las comunidades negras en EE.UU. al proceso de desindustrialización de la economía. Argumentan que los guetos persisten como resultado de una nueva estructura productiva que niega sus posibilidades de inclusión.La producción industrial, por su forma organizativa, permitía que los obreros actuaran como un colectivo para presionar por mejores salarios relativos. A su vez, estos obreros podían reclamar una jerarquía superior en sus comunidades y un respeto indiscutido al interior del núcleo familiar. Podían hacerlo porque eran los principales proveedores de las necesidades materiales de las comunidades negras y de sus familias.Cuando desde mediados de los 70 el trabajo industrial comienza a migrar a Asia, donde el precio de la mano de obra era regalado, las comunidades negras se encuentran con que los nuevos trabajos disponibles no permiten a los hombres adultos reclamar su antiguo estatus. Ahora las oportunidades laborares se encuentran en el sector terciario, es decir en comercios y servicios, donde si no se dispone de educación la brecha salarial se amplía en relación con el resto de la sociedad, en particular con los blancos.Peor aún, por su estructura organizativa los trabajos en el sector terciario impiden la conformación de colectivos que faciliten las negociaciones salariales. El salario depende del desempeño especializado a nivel individual. Lo que segrega a los jóvenes negros sin mayores calificaciones que recién entran al mercado laboral. Muchos de ellos desprecian los trabajos disponibles y prefieren hacer parte de pandillas que controlan las ventas de drogas en los guetos.Desde una óptica sociológica lo sucedido puede interpretarse como la pérdida de la capacidad de negociación de una mayoría importante de la población. Las industrias no solo eran un espacio de producción sino una plataforma política de un sector de la sociedad. Sin que fuera un proceso planeado, la tercerización de la economía los dejó sin voz en los procesos políticos de redistribución de la riqueza.En Colombia algo similar sucede con el trabajo informal. No es solo que las condiciones salariales de un sector importante de la población son precarias, es que la estructura organizativa de su trabajo impide reclamar decisiones políticas para mejorar dichas condiciones. Los vendedores ambulantes, por ejemplo, protestan solo para evitar que los saquen de las calles, no para que les suban sus salarios. El poder de su voz en la arena política no se compadece con su número.El contraste es evidente con los maestros, quienes por su estructura organizativa son una mayoría con una impresionante capacidad de negociación política. Al día de hoy están demostrando que cuentan con la voz suficiente para obligar al Estado a reversar sus decisiones. Han logrado además que la sociedad se solidarice con ellos en el tema salarial dado su bajo nivel comparado con otros profesionales.Es cierto que la competitividad en la globalización exige que los trabajadores sean pagados de acuerdo al esfuerzo y a las calificaciones individuales, y sin duda los maestros en algún momento tendrán que aceptar un salario dictado por una evaluación objetiva de su desempeño, pero no debe pasarse por alto que en el proceso se debe considerar la conveniencia de que muchas mayorías sociales preserven su voz política.

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