Matar sin humillar

Julio 28, 2012 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

En varias columnas Alejandro Gaviria ha caricaturizado la inclusión en el Estado y en el mercado como una explicación de la violencia política. Es cierto que se ha usado y abusado de este argumento para justificar desde actos brutales de la guerrilla hasta mediocres artículos académicos. Pero no por eso el argumento deja de ser cierto: la inclusión pesa, y mucho, en nuestra guerra.De hecho, la displicencia y pedantería con que se trata el tema es sintomático de cómo la dirigencia colombiana subestima intereses primordiales de grupos que antes de la droga estaban condenados a lugares rezagados de la vida política y económica. Los jóvenes que se unen a las guerrillas, paramilitares y mafias lo hacen, entre otras razones, porque es el único medio para obtener poder. Sin la violencia nunca hubieran tenido la mínima oportunidad de hacer parte de una organización con aspiraciones de dominio social. Los políticos de provincia que se alían con narcotraficantes lo hacen porque dados los medios disponibles es el único mecanismo para competir con la clase política nacional.Lo que está en juego para ellos es un asunto muy serio: más que la posibilidad de inclusión en el estado es la posibilidad de aspirar a alguna forma de poder real. Y lo que sectores dirigentes pretenden es que renuncien a esta aspiración sin mayores concesiones políticas. No es extraño entonces que se ‘hagan matar’ o encarcelar.Algo similar sucede con la inclusión en el mercado. Ya en su clásico texto sobre Las bases sociales de la obediencia y la rebelión Moore señaló que los acuerdos sociales que permiten la dominación incluyen la provisión de cierto sustento material. Los grupos dominantes no deben proveer mucho, tan solo aquello que los grupos dominados consideran moralmente justo. Lo moralmente justo es a su vez una construcción cultural que está sujeta a cambios de todo tipo. El narcotráfico y la violencia fueron precisamente un factor de cambio, introdujeron nuevos recursos que alteraron la base moral de lo que era necesario proveer para dominar.Un caso en apariencias insignificante es ilustrativo al respecto. Durante los setenta las principales protestas en las sabanas costeñas tenían la tierra como motivo. Recientemente, debido a la migración a las cabeceras urbanas y al crecimiento del mercado informal las prioridades de los sectores populares cambiaron. Ahora las principales protestas son las asonadas cada vez que la dirigencia local pretende imponer restricciones al mototaxismo, algo que Gaviria ya ha mencionado en sus columnas.Es comprensible que el estado y la dirigencia tengan al final que destruir todas estas aspiraciones de inclusión. De otro modo sería impensable la modernización y la pacificación de la sociedad. Pero es imperdonable que quienes dirigen el proceso no reconozcan lo humillante que es para ciertos grupos sociales renunciar a sus aspiraciones de poder. Son grupos que en un futuro inmediato si el estado tiene éxito tendrán que asumir impasibles su papel de dominados. Las decisiones de la dirigencia implican, en consecuencia, no solo estrategias para derrotarlos militarmente. Ingeniarse soluciones que alivien la nueva situación y concedan algo de dignidad a los derrotados es también prioritario para la paz política.Creo que fue Hemingway el que dijo: “a un hombre se le puede matar pero no se le puede humillar”.

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