Los malandros

Los malandros

Febrero 09, 2013 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

John Lee Anderson acaba de publicar una excelente crónica titulada ‘El poder y la torre’. Además de ser entretenido y muy bien escrito el texto es esclarecedor sobre la relación que existe entre las bases sociales que sostienen al chavismo en el poder y la dramática situación de inseguridad en Venezuela.El eje de la narración es una torre abandonada, la torre de David, llamada así por el nombre de su constructor David Brillembourg, un millonario venezolano que murió antes de ver su obra terminada. De hecho nadie ha visto el edificio terminado porque la crisis financiera de los 90 hizo que la construcción parara cuando todavía faltaba un poco menos que la mitad de la obra.Con la llegada de Chávez a la Presidencia las esperanzas que nuevos inversionistas aportaran el capital restante se diluyeron. Sin embargo, el destino tenía reservada una sorpresa para que el edificio cobrara vida. Un ejército de pobres sin ningún otro lugar a donde ir decidió invadir la torre como si se tratara de la escarpada ladera de una favela. Detrás de la fachada del edificio más imponente de Caracas se apeñuscaban los tugurios de miles de miserables invasores.Al mando de la invasión estaba el Niño Daza, un antiguo criminal o malandro como los llaman en Venezuela. Él es la máxima autoridad del edificio. Impone el orden sobre todos los aspectos fundamentales, desde los mototaxis en las rampas de los parqueaderos que reemplazan a los inexistentes ascensores hasta los mercados de barrio que funcionan en distintos pisos del edificio. Daza incluso administra el alivio espiritual de la comunidad, es el pastor de su propia iglesia ubicada en la planta baja. Por supuesto a cambio de cada uno de estos servicios cobra una cuota periódica a los habitantes de la torre.No es de sorprender que Daza sea un ferviente chavista. De los muchos problemas que usualmente experimenta una invasión hay uno que los invasores de Caracas no padecen, la Fuerza Pública. No hay escuadrones de policías antimotines que armados con bolillos y gases lacrimógenos se especialicen en expulsarlos de sus casuchas. Chávez mismo ha alentado las invasiones a edificios, centros comerciales y demás propiedades de la ‘oligarquía’ que no estén siendo utilizadas.Al igual que Daza numerosos malandros en Venezuela se han convertido en la autoridad en los barrios de los más miserables de la sociedad sin que el Gobierno despliegue sus instituciones para regular lo que allí sucede. Al contrario, los malandros a cambio de mediar en toda la inversión pública en su comunidad le garantizan al chavismo los votos necesarios para las elecciones. Son con toda la razón el soporte popular del régimen.Con esta situación es apenas normal que la inseguridad esté disparada en Venezuela. El Gobierno al no disponer de una infraestructura institucional para regular la vida de los pobres no puede reprimir a la clase criminal que provee un servicio tan crucial para mantenerse en el poder. Esta es la gran diferencia del chavismo con los regímenes autoritarios de izquierda durante la guerra fría: no cuenta con sus propias instituciones de hierro para controlar la vida de la población. Por algo Anderson afirma: “Al final era difícil saber si el Niño Daza era un malandro, un genuino defensor de los pobres o ambas cosas. Lo que parecía claro es que estaba perfectamente adaptado a la vida en la Venezuela de Hugo Chávez.”

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