Llevar el Estado

Llevar el Estado

Abril 27, 2013 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

Es un lugar común la afirmación de que la raíz de los problemas del país es la falta de Estado y que por consiguiente la solución es ‘llevar el Estado’ a donde hace falta. Así a secas la afirmación puede ser cierta, pero la forma como se enuncia da a pensar que el asunto es solo una cuestión voluntariosa.La realidad es que llevar el Estado implica no solo voluntad. Es también una negociación y sobre todo una imposición política sobre grupos de población que no encuentran convenientes las instituciones del Estado. Antes por el contrario la llegada del Estado significa que sus formas elementales de vida, es decir su economía, sus aspiraciones de poder, sus normas, valores y comportamientos, son arrasados.Para que el Estado funcione como lo enuncian la Constitución y las leyes se necesita toda una serie de condiciones preexistentes. Sin acumulación de capital, desarrollo de infraestructura física, circulación de flujos legales de capital y convicción en ciertos valores y normas, la pura autoridad del Estado puede ser oprobiosa para la población. No es que no exista autoridad sino que quien tiene la autoridad impone una serie de instituciones de control social que se adecúan a las posibilidades y necesidades de la sociedad.Los ejemplos más evidentes de esta situación son las zonas cocaleras y auríferas. Si el Estado llega la base de la economía, por estar criminalizada por el mismo Estado se viene al suelo. Los cultivos de coca serían fumigados y las empresas mineras originarias de la zona serían clausuradas por no disponer ni de los recursos ni de la tecnología para cumplir la normatividad exigida por el Estado. La guerrilla y las Bacrim, por el contrario, ofrecen unas reglas del juego en que coca y minería informal son factibles.Pero no hay que ir muy lejos para encontrar espacios donde el Estado no es bienvenido. En pleno centro de Medellín se llevó a cabo un proceso de recuperación urbanística que condujo a un grupo de pobladores a replegarse a la última orilla de espacio habitable para huir de la autoridad. Se trata de la construcción del parque de las Luces y la biblioteca EPM en frente del centro administrativo de la Alpujarra donde funcionan las dos principales oficinas del Estado: la Alcaldía de Medellín y la Gobernación de Antioquia.Antes allí existía una plaza derruida donde los indigentes adquirían y consumían drogas a la vista de toda la ciudadanía. El río Medellín es hoy el lugar donde habitan estos drogadictos. Allí no hay ley distinta a la ley del más fuerte. Ni siquiera las ‘convivir’, las mafias que vigilan el centro de la ciudad, entran a las orillas del río. Las normas y los valores del Estado no funcionan si uno lleva una vida de indigente. Si el Estado llega con su economía, su infraestructura y sus instituciones, toca cambiar o huir.Lo irónico es que las inversiones públicas en frente de la Alpujarra fueron acompañadas por las nuevas construcciones de los tradicionales comerciantes del hueco. Luego de varias décadas de contrabando y lavado disponían del capital suficiente para levantar modernos centros comerciales. Ya hay restaurantes de cadena en medio de sus locales. La asimilación por el Estado de estos comerciantes es solo cuestión de tiempo.La gran moraleja es que para ‘llevar el Estado’ no solo falta voluntad sino la transformación, así sea por la fuerza, de las condiciones estructurales de la población.

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