Las rentas del descontento

Septiembre 29, 2012 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

En una entrevista reciente Gustavo Álvarez Gardeazábal comentó sobre la grave situación de Tuluá: “Siempre dijeron que todo era un problema de microtráfico cuando la verdad es que estamos soportando un problema de extorsión absolutamente abrumador. En Tuluá le piden plata a la señora que vende chontaduro, tiene que pagar $2.000 diarios en el andén donde tiene su canasto, y le piden plata al médico, al odontólogo y al dueño del almacén. Eso es fruto de una serie de factores unidos. El primero, que se acabaron los capos y los segundos mandos que tenían organizado el crimen en el norte del Valle […] y no hubo reemplazo. Entonces quienes quedaron pertenecen a un nivel muy bajo en donde no tienen como ejemplo sino lo que trajeron los muchachos que quedaron de México, porque Tuluá fue una ciudad que mandó mucha gente a México a trabajar de los narcos (sic), pero que no trajeron plata de allá”.A renglón seguido Gardeazábal se refirió a la crueldad de los asesinatos. Como buen conocedor de la historia regional le refrescó la memoria al entrevistador. No es que los colombianos hubieran copiado los crueles métodos mexicanos. Ya a mediados de siglo los Pájaros en el Valle del Cauca habían dado lecciones de sevicia al picar los cuerpos de sus víctimas y recientemente los narcotraficantes habían pasado por motosierra a sus enemigos.Lo realmente novedoso era, de acuerdo a Gardeazábal, la rentabilidad de la extorsión al conjunto de la sociedad. El microtráfico por sí solo no es competencia a las ganancias que se desprenden de rentar sobre la totalidad de la economía de una ciudad intermedia como Tuluá. Se trata además de un mercado de drogas relativamente pequeño y a precios muy bajos en comparación con los mercados internacionales. El problema se resume entonces en una transición de la explotación mafiosa de un mercado ilegal a la explotación mafiosa de la sociedad.Adhiero a la explicación de Gardeazábal aunque creo que le faltan algunos detalles. El problema no es sólo que la explotación de las economías legales es superior a las rentas del microtráfico sino también que por la captura de los capos y sus potenciales reemplazos Tuluá quedó sin las rentas del mercado internacional de drogas, las cuales hacían innecesaria la extorsión a la economía local. Los mandos inferiores del narcotráfico compuestos por sicarios sin mayores destrezas para comercializar drogas en el exterior quedaron sin una fuente de capital que pagara sus rentas. Tuvieron que arreglárselas con lo que estaba a la mano: la extorsión de la economía local.Lo más grave es que lo de Tuluá es un augurio de lo que puede pasar en gran parte de Colombia. El descontento social entre una población joven sin mayores oportunidades de realización, habituada a la violencia y dispuesta a asumir cualquier riesgo es utilizado por organizaciones narcotraficantes para proveer sus necesidades de fuerza. Cuando estas organizaciones dejan de pagar sus rentas, bien sea porque son destruidas o porque se desmovilizan, a los sicarios no les queda otra opción que dedicarse a explotar los mercados que están a su alcance, tanto legales como ilegales. Si el Estado eventualmente tiene éxito contra las guerrillas, las Bacrim y las mafias podríamos llegar a una situación en que el narcotráfico deje de pagar las rentas de esta expresión de descontento social.

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