Las armas de los débiles

Septiembre 15, 2012 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

A pesar de ser uno de los países más desiguales del mundo Colombia nunca ha estado cerca de una revolución social. Ni siquiera la guerrilla a finales de los 90 estuvo en condiciones reales de ello. Su capacidad militar no daba para algo distinto al control de áreas periféricas, atentados, secuestros y cultivos de coca. En gran parte porque su causa nunca tuvo mayor simpatía popular. Y si la guerrilla ha sido poco atractiva el resto de movimientos sociales lo han sido aún menos.¿Podemos afirmar entonces que en Colombia las clases bajas están compuestas por grupos sumisos y obedientes? Nada más opuesto a la realidad. Los libros de James Scott plantean un argumento bastante apropiado para comprender la naturaleza de la resistencia social en Colombia. De acuerdo a Scott el gran problema que tienen los sectores dominados es la falta de una organización con recursos suficientes para encauzar su descontento en acciones políticas concretas. Las organizaciones que hacen las revoluciones suelen ser además creaciones de sectores medios y de la intelectualidad, de modo que para que ocurra un cambio social significativo los dominados dependen de terceros. De allí que las revoluciones sociales sean fenómenos poco frecuentes.Sin embargo, existen otras formas de resistencia que por sus mínimos costos, escasas necesidades organizativas y bajo riesgo de retaliación constituyen los principales repertorios de resistencia de los dominados. La delincuencia es una forma de rechazo implícita a las normas y valores impuestos por sectores dominantes. La pereza laboral, la informalidad y el rebusque son formas alternativas de subsistencia material ante la exclusión de las relaciones económicas. Incluso, la perversión de la democracia a través del clientelismo y la corrupción son alternativas para los dominados. La atención de los medios se centra en las rentas de los políticos pero deja por fuera a la gente que accedió a una serie de bienes que de otra manera nunca hubieran accedido.Estas y muchas otras prácticas de resistencia cotidiana plagan la vida social del país. No es casual que el título de uno de los libros de Scott sea alegórico a nuestra situación: El arte de no ser gobernado: una historia anarquista de las tierras altas del sureste de Asia. Las formas de resistencia más simples pueden generar, tal como ha sucedido en Colombia, problemas estructurales al Estado. Sobre todo porque en nuestro caso se articularon con una oportunidad de recursos que rara vez está disponible para los dominados. El narcotráfico hizo posible que el repertorio cotidiano de la desobediencia traspasara hasta un desafío abierto al Estado sin necesidad de una revolución social. Dos ejemplos son contundentes. No hubo reforma agraria pero los campesinos se fueron a sembrar coca y entregaron su obediencia a guerrillas y paramilitares. Los jóvenes de las barriadas populares nunca convocaron huelgas en las grandes ciudades pero se volvieron asesinos y bajo el apoyo de grandes capos del narcotráfico no dejaron entrar a la Policía en sus barrios.Por supuesto el resultado fue la aparición de formas de dominación aún más extractivas y crueles. Pero no podemos argumentar que la razón para que no hayan existido revoluciones sociales se debe a que aquí no exista descontento y rechazo a tanta desigualdad.

VER COMENTARIOS
Columnistas
Publicidad