La trampa de Armstrong

La trampa de Armstrong

Febrero 02, 2013 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

En el ambiente del ciclismo se sabía que Armstrong no iba limpio. No porque en su momento existieran indicios sino porque el doping era parte de la cultura ciclística. Todos, o al menos los primeros cien de la clasificación general, lo usaban. Su práctica era tan extendida que la pregunta era hasta qué punto se trataba de trampa si al final todos estaban en igualdad de condiciones.La historia del doping ni siquiera comenzó con Armstrong. Hay una anécdota famosa narrada por Jacques Anquetil, dominador del tour en los 60, en que cuenta cómo con varios compañeros de equipo disolvieron en el acuario de un restaurante las anfetaminas que ellos utilizaban en carrera: “La anfetamina también funciona en los peces, yo te lo puedo decir. A los diez minutos estaban estrellándose de un lado a otro contra las paredes del acuario”.Sin embargo, el doping utilizado en la era Armstrong sí significó un cambio sustantivo en el desempeño de los ciclistas y a pesar de ser utilizado por todos en el pelotón sí pudo haber falseado los resultados de las carreras. Quizá en estos detalles es donde se encuentre la mayor trampa y explique la crisis del ciclismo colombiano luego de la época dorada de Herrera y Parra.Desde principios de los 90 un nuevo tipo de sustancia comenzó a popularizarse: el EPO. Como resultado la sangre podía transportar mucho más oxígeno a los músculos evitando que acumularan lactato. En palabras simples, se podía ir más rápido por más tiempo sin miedo a que el agotamiento natural de energías hiciera mella en el organismo de los corredores.El EPO favoreció principalmente a corredores corpulentos, quienes podían aprovechar su mayor potencia durante esfuerzos prolongados en las montañas a pesar de su peso. Si en los 80 veíamos a nuestros ligeros escaladores dominar las subidas en Europa de repente en los 90 desaparecieron del mapa. No eran competencia con los nuevos escaladores de moda de 80 kilos. Un ejemplo lo dice todo, en la Vuelta a España que ganó Herrera nadie recuerda que participó un tal Bjarne Riss. En 1993 Riss comenzó a utilizar EPO -admitido por él mismo-, y fue quinto en el Tour de Francia. Tres años después este gigante de Dinamarca le ganó el Tour ni más ni menos que a Miguel Induraín.Para el ciclismo colombiano el nuevo ambiente de trampa generalizada fue fatal por dos razones. Por un lado, la morfología liviana de nuestros corredores y la altura dejaron de ser una ventaja para correr en Europa. Por otro lado, no existían ni los recursos ni la medicina deportiva para adaptarse a los cambios. No era una cuestión moral. Positivos abundaron. Varios ganadores de Vuelta a Colombia fueron despojados del título. Lo realmente significativo era que la sofisticación de la tecnología del dopaje requería unos recursos que estaban por fuera del alcance de los patrocinadores colombianos. Luego del EPO vinieron hormonas de crecimiento, auto transfusiones, EPO Cera, etc., y el asunto fue aún peor.La confesión de Armstrong más que desnudar a un tramposo contribuye a desnudar el uso generalizado de la trampa. Con un ciclismo limpio es probable que volvamos a recuperar la ventaja morfológica de nuestros ciclistas justo ahora que viene una generación de corredores tan o más brillante que la generación de los 80. Ojalá de aquí a diez años ganemos nuestro primer Tour de Francia. Mi apuesta es Nairo Quintana.

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