La otra coyuntura

Octubre 17, 2015 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

La gran preocupación de quienes defienden la democracia liberal es que quienes ganen las elecciones no usen ese poder para destruir las reglas de la democracia y quedarse indefinidamente con el gobierno. Por eso en esta columna se ha advertido recurrentemente sobre los riesgos para la democracia que hay implícitos en un triunfo de sectores radicales, sean de izquierda o de derecha.Se criticaron las pretensiones de Uribe de cambiar la Constitución para aspirar a un tercer período y la posibilidad de que la izquierda utilice las concesiones y la exposición mediática del proceso de paz para llegar a la Presidencia e implantar un régimen como el de Venezuela. A este último riesgo se ha prestado mayor atención porque hace parte de la coyuntura y se puede materializar en el mediano plazo. Entre muchos líderes de izquierda existe la tentación de copiar los procedimientos de regímenes autoritarios. De hecho, no ocultan su respaldo a las arbitrariedades de Maduro, Correa y Ortega.Sin embargo, la destrucción de la democracia desde su propio interior no se puede explicar totalmente por la voluntad de políticos radicales. Si la gente cree en la democracia, porque siente que se resuelven sus problemas de gobierno y de provisión de bienes públicos y confía en que sus gobernantes no abusan del poder, las posibilidades de los políticos extremistas se reducen. No pueden reunir el apoyo suficiente en la sociedad, en la clase política y/o en las fuerzas de seguridad para pasarse por la faja las reglas establecidas.Al día de hoy en Colombia esa es la otra coyuntura crítica. La clase política no ha podido civilizarse. Al contrario. A medida que se abren las elecciones locales de alcalde y gobernador y se transfieren mayores recursos a las administraciones regionales, los abusos del poder se disparan. Los escándalos de corrupción son sistemáticos al punto que se necesita robar mucho para llamar la atención de la prensa. Quien se apropia de un centenar de millones no se merece un titular.Del mismo modo, es notorio cómo muchas obras no se ejecutan y los políticos se muestran indolentes para proveer las necesidades de bienes y servicios públicos. Desde la incapacidad de construir dobles calzadas, metros y Transcaribes luego de décadas de proyectos y estudios hasta el fracaso de los servicios elementales de justicia provocan una sensación de escepticismo entre el grueso de la población.Pero lo más grave es que los líderes políticos nacionales no solo hacen muy poco para civilizar a la clase política sino que no tienen reparos en aliarse con ella cuando necesitan ganar elecciones y cuando necesitar su respaldo para gobernar. El descaro es absoluto en la actual campaña para las elecciones a alcaldías y gobernaciones.Vargas Lleras ha respaldado a cuanto político regional cuestionado por corrupción y vínculos con ilegales. Serpa se olvidó de sus denuncias sobre la parapolítica en Santander y se alió con sus anteriores contrincantes. No son solo ellos. Muy pocos líderes nacionales pueden decir que su postura es transparente en cuanto a la asociación con el resto de la clase política.La apuesta es alta. Podríamos perder mucho más que la oportunidad de construir una sociedad más prospera. El rechazo de la ciudadanía en un momento dado podría llevarnos a la erosión de la democracia si la gente se entrega a las promesas de los extremistas de la política.

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