La misma vieja guerra

La misma vieja guerra

Febrero 04, 2012 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

Religiosamente Uribe trina con cada noticia sobre orden público. Así el ex Presidente respire por la herida el deterioro de la seguridad es un asunto real. El paro armado de los ‘Urabeños’ y las bombas de las Farc no son fantasías ‘conspiranoicas’ (mitad conspiración mitad paranoia). Son nuevas expresiones de la misma vieja guerra: la lucha armada por el poder local. Cuando los ‘Urabeños’ decretan un toque de queda por la muerte de su líder están mostrando al Gobierno y a la sociedad colombiana que son la autoridad en las zonas rurales que van del Darién hasta la Sierra Nevada. Cuando las Farc vuelan estaciones de Policía y hoteles en municipios de la periferia no pretenden demostrar que son una fuerza militar sorprendente. Lo que buscan es expulsar a la Policía del casco urbano, atemorizar a la comunidad para que rechace a la Fuerza Pública y obligar a todas las empresas que operan en el territorio a que paguen su correspondiente extorsión. Nada nuevo bajo el sol. Al igual que ayer el poder de cada actor armado se sigue midiendo por su capacidad de mantener un monopolio de la violencia, la tributación y la justicia en una vereda, un municipio o una región. La suma de estos monopolios es en plata blanca el poder real de guerrillas y neo paramilitares, indistintamente de sus objetivos políticos. La capacidad bélica es de hecho funcional a este propósito. Un aparato de guerra es efectivo si permite a guerrillas y ‘Bacrim’ apoderarse del Estado local, de lo contrario es un desperdicio de recursos. Y esto no tiene nada de nuevo. El poder en los 90 de las Farc y las AUC tenía sus fundamentos en la capacidad de agregar el control de poderes locales. Ante la realidad de una misma vieja guerra el gobierno de Santos enfrenta un desafío inmediato. Debe recuperar la iniciativa militar en cuanto a su capacidad de vigilar el territorio. Si bien los ocho años de Uribe no fueron un triunfo definitivo del Estado (ni lo hubieran sido doce años), su liderazgo deja una gran enseñanza sobre cómo dirigir la guerra en Colombia. No hay que ser Aníbal o Rommel. Lo que se necesita es un seguimiento pormenorizado y sistemático de las pequeñas amenazas de seguridad de cada unidad territorial para exigir resultados concretos a oficiales de segunda y tercera línea. Uribe podía hacerlo por su asombroso conocimiento del país a los niveles micro de la geografía y la política. Cuentan las anécdotas que interrumpía la agenda de cualquier reunión para darle instrucciones al capitán X sobre la presencia de bandidos del grupo Y en la quebrada Z de la vereda XYZ. Le advertía muy enfáticamente al capitán que si no obtenía resultados y volvía a tener información de la presencia de bandidos su carrera militar estaba en juego. Santos nunca va a lograr emular esta capacidad, pero puede hacer algo para lo que Uribe era un negado: puede institucionalizarla. No existen razones para que no se desarrollen sistemas de seguimientos administrados por personal civil que detecte las pequeñas amenazas al Estado. Es además un esfuerzo prioritario, porque la suma de las pequeñas amenazas es lo que al final da cuenta de la situación de la guerra y porque la institucionalización es lo que evita efectos perversos como los falsos positivos y la necesidad de estigmatizar a las ONG de derechos humanos para obtener el respaldo de la fuerza pública.

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