La guerra que llega

La guerra que llega

Agosto 11, 2012 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

A nadie va a sorprender que la captura de Sebastián lleve a otra guerra en Medellín. Tantos capos capturados o dados de baja desde Escobar no dan motivos para ningún optimismo. La incredulidad ya es parte del paisaje. Quizá fue en 1996, cuando desmantelaron el Cartel de Cali, que la sociedad creyó por última vez que el narcotráfico era un asunto pasajero. En ese entonces hasta un famoso astrologo salió en los medios a leer la carta astral de las drogas en Colombia. En su lectura veía fragmentación, micro-carteles, organizaciones que se diluían. En realidad estaba surgiendo ni más ni menos que el monstruo de los paramilitares de Castaño.Lo que es novedoso son ciertas transformaciones que tienen mucho que decir sobre la violencia en Medellín. Sebastián fue un líder atípico. A diferencia de antecesores como Escobar y Berna no contaba con rentas inagotables del mercado mundial de drogas. No era el gran jugador en el tráfico internacional. Sus principales recursos provenían de la venta de protección en la ciudad. De hecho, la guerra con alias ‘Valenciano’ se definió en el momento en que este último decidió apostar por las grandes ligas del narcotráfico y se fue a Venezuela a exportar cocaína.Una consecuencia del menor peso del narcotráfico internacional fue el volcamiento hacia las rentas locales. El microtráfico, la extorsión a los buses y demás rentas de menudeo siempre han sido la caja menor para pagar la nómina de la mano de obra rasa de la violencia. En ocasiones ni siquiera se extorsionaba debido a que los narcos pagaban la nómina para estar en gracia con los guerreros. Pero ante la nueva situación muchos de los miembros más codiciosos de combos y bandas afinaron su capacidad de extraer recursos de toda una serie de negocios que necesitaban protección para funcionar o que simplemente no tenían como evadir el pago de una ‘vacuna’.La llegada de Sebastián al poder fue producto más de su carisma en el mundo criminal que de su dinero. Podía no tener los bultos de dólares para comprar la lealtad de los jóvenes de los combos pero tenía credibilidad por ser un guerrero como ellos formado en la calle. Allí estuvo la clave para convertirse en el líder que disciplinara tantas organizaciones que competían ferozmente por las rentas locales ahora que no había un gran capo dispuesto a pagar la nómina de los guerreros. Sin embargo, la paz impuesta a punta de carisma ya se veía amenazada desde antes de su captura. Las aspiraciones de poder y riqueza de los otros guerreros que seguían en la fila de relevo natural estaban por lanzar la ciudad a otra guerra.La situación apunta ahora hacia organizaciones narcotraficantes asentadas en zonas rurales. La oportunidad está servida para incursionar en la ciudad. Tienen cuantiosos recursos para pagar la nómina de los guerreros de la calle. Y no se avizora un líder militar en la ciudad capaz de articular los combos para frenar la entrada de los ejércitos privados del campo. Quien no se pliegue al nuevo orden será rebasado por sendos cañonazos de millones de dólares.La gran paradoja será que la salida de Sebastián en vez de disminuir el control del narcotráfico sobre la criminalidad en Medellín lo va a incrementar. Pero no todo da para ser pesimista. No hay que olvidar que después de la guerra viene la paz, así sea la paz del narcotráfico.

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