La fiesta de las naciones

Junio 28, 2014 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

La idea de nación como una comunidad de individuos que comparten una identidad fue un invento europeo durante el paso a la modernidad. Autores como Benedict Anderson han mostrado cómo en el proceso fue necesario construir toda una simbología para que la idea cuajara. Himnos, banderas, obras de arte, etc., fueron la base de una identidad común entre gente que no se conocía.Sea como fuere la idea de nación se convirtió en un asunto tan extendido que hoy en día todos los Estados del mundo están atados, de una manera u otra, a una nacionalidad, es decir al ejercicio de una autoridad que representa una identidad común. Y pese a que la idea de pertenencia a una comunidad sea un invento, muchas guerras tienen su origen en el derecho de una nación por tener su propio Estado. Basta recordar el caso de los palestinos y los israelíes y los kurdos en Turquía e Irak.El lado menos dramático del nacionalismo son los nuevos elementos simbólicos que refuerzan la idea de una identidad común. El Mundial de Fútbol es uno de estos. Es una fiesta impresionante que involucra al mundo entero y que tiene como motivo central la emoción de pertenecer a una nacionalidad.A mucha gente puede no gustarle el fútbol, no ven los partidos de la liga local y ni siquiera se enteran cuando hay un clásico de clubes como Barcelona versus Real Madrid, pero se desviven por el Mundial. Llenan el álbum Panini, esperan con ansias la ceremonia de inauguración y son capaces de ver completo un partido entre Qatar y las Islas Mauricio que termina cero a cero.Lo hacen es porque el Mundial está cargado con todo el elemento emocional que significa la competencia entre naciones sin que conlleve desenlaces trágicos como una guerra o la ruina económica. De hecho uno de los atractivos del Mundial es que los resultados no reflejan la realpolitik del sistema de Estados nación. No importa cuántas armas se tengan, ni el PIB per cápita, ni la escala de desarrollo humano. Como en cualquier carnaval los países menos poderosos pueden humillar a las potencias mundiales.China que está a punto de convertirse en la primera potencia económica ni siquiera clasifica. Le toca contentarse a lo sumo con fabricar las cámaras con que transmiten los juegos. Ha mejorado. Hace tres décadas su situación solo le daba para coser los balones.La mayor superpotencia EE.UU. tiene que esforzarse para ocupar una posición secundaria. Pueden ser los reyes del béisbol, el rugby y el baloncesto pero en el fútbol, que es lo que le importa al resto de la humanidad, tan solo son uno más pese al refuerzo de tantos inmigrantes. Tan precaria es su posición futbolística en relación a su poder político que Ann Coulter, una activista de derecha, escribió que: “Cualquier interés en el fútbol es un síntoma del decaimiento moral de EE.UU.” Para consolarse del papel tan pobre de su equipo Coulter recuerda a Margaret Thatcher cuando dijo después de que Inglaterra perdió ante Alemania: “No importa. Después de todo dos veces en este siglo los hemos vencido en su juego nacional”.Para los colombianos este Mundial ha sido la oportunidad de sentirnos en la cima del sistema de naciones. Ojalá no ocurra como en casi todas nuestras gestas deportivas, que nos inflamos para luego caer desde la mayor altura. Pero qué podemos hacer si la resaca es parte de cualquier fiesta, sobre todo después de haberse embriagado tanto.

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