Humildes a la brava

Humildes a la brava

Octubre 20, 2012 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

El miércoles pasado Pascual Gaviria trato en su columna de El Espectador las condiciones en que han sido capturados los últimos capos del narcotráfico. Toda opulencia se desvaneció ante la necesidad de hacerse invisible. Un poblado perdido o un discreto condominio fueron las únicas alternativas para mantenerse a salvo.Muchas lecturas pueden hacerse de esta paradoja de los nuevos capos del negocio, tan ricos y tan pobres a la vez. Por ejemplo, que el narcotráfico es un contrasentido económico. Se acumulan fortunas exorbitantes pero en cierto momento es imposible disfrutarlas porque llaman demasiado la atención. A partir de entonces las autoridades, así hayan sido corrompidas, deben eliminar a los capos para evitar la presión de la opinión pública. Casos existen en México y Colombia de presidentes que luego de haber sido sobornados han traicionado a sus benefactores.En principio, puede asumirse como cierta una lectura del dinero de las drogas que desborda la compra de inmunidad y termina por salpicar a su propietario. Sin embargo, es incompleta. Existen numerosos individuos que desde hace décadas han podido disfrutar a todo tren de sus fortunas sin convertirse en el centro de atención de la lucha antidrogas. Es más, las autoridades pueden brindarles protección porque la situación no los compromete. Se trata por lo general de los especialistas en el lavado. De individuos con la experiencia suficiente para colocar centenares de millones de dólares en la economía legal que, a diferencia de los capos que han sido forjados en sangrientas carreras criminales, tienen las habilidades sociales para gastar discretamente su dinero.La lectura se sitúa ahora en el plano de la discriminación de clases. Se tolera a quienes lavan el capital porque son más sofisticados y menos violentos que quienes producen y trafican la mercancía. Pero el asunto no es tan simple. No es que las clases altas sean envidiosas de los nuevos ricos. Existe una razón de fondo para explicar por qué las autoridades son tan severas con los capos del narcotráfico cuando se vuelven visibles. La visibilidad es en realidad una medida del desafío que un criminal plantea a las instituciones de dominación establecidas.El lavador comete un crimen pero continúa utilizando las instituciones del Estado. Luego que el dinero es blanqueado paga impuestos y se mueve dentro de la normatividad estatal. Palabras más palabras menos respeta las leyes. En cambio, aquellos criminales que manejan la mercancía utilizan una institucionalidad alterna a la del Estado. Las leyes en el narcotráfico son una construcción a sangre y fuego de los propios capos de los grandes carteles. Son ellos quienes imponen las reglas del juego y trazan un límite a la intervención del Estado. Por algo son los capos del negocio.Y existe una situación aún más crítica para el Estado. Ciertos criminales pueden extender las instituciones de dominación del negocio a las comunidades que los rodean, sobre todo cuando el narcotráfico tiene un alto impacto en el entorno social. Ahora no se trata solo de un capo sino de un ‘patrón’ que impone las instituciones de regulación social, que cobra impuestos y administra justicia entre los lugareños y que distribuye las bases de su sustento material. Por esta razón el Estado está obligado a imponer humildad a ciertos narcotraficantes. Si no lo hace su autoridad estaría en juego.

VER COMENTARIOS
Columnistas