Gobernar por impulsos

Noviembre 15, 2014 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

En sí la idea que propuso Petro de reunir en un mismo espacio de la ciudad a gentes de estrato 6 con gentes de origen miserable, segregadas socialmente, no es mala. Todo lo contrario, más temprano que tarde la sociedad colombiana deberá asumir la tarea de reducir no solo las brechas materiales de la población sino también de crear espacios de socialización compartida que derrumben las barreras simbólicas que dividen la sociedad.Es cierto que las diferencias en la capacidad adquisitiva en los mercados dividen a ricos y pobres. La educación, las expectativas de realización individual, los modos en que gastan su tiempo en ocio y, en general, las posibilidades de acceder a nuevas experiencias de socialización son necesariamente distintas según los recursos disponibles. Sin embargo, una sociedad a través del Estado puede construir unos mínimos comunes para que existan una serie de oportunidades disponibles para toda la población y un proyecto social creíble a pesar de las diferencias como individuos.La propuesta que habitantes de distinto grupo social, para el caso de los extremos opuestos, compartan un mismo barrio es un interesante experimento sobre cómo podrían diseñarse e implantarse políticas públicas dirigidas a integrar territorialmente a la población. Lo que no pudo hacerse a través del mercado, resolver las enormes inequidades materiales y simbólicas, se puede resolver mediante decisiones políticas.Pero el asunto no está exento de riesgos. De hecho, son tantos que lo deseable es que la propuesta sirva apenas como un experimento para indagar hasta qué punto es viable un programa de integración de estratos sociales opuestos. El temor a que los conjuntos residenciales de la población desplazada se conviertan en un gueto al interior de un barrio de ricos es real. Si la administración pública de Bogotá no garantiza que los jóvenes pobres sientan que disponen de una serie de oportunidades mínimas de éxito social sino que, por el contrario, sienten que existe un mundo de opulencia y bienestar que para ellos siempre va a estar negado, los resultados podrían ser dramáticos. Se va a formar una clase de resentidos que rechazan, con mucha razón, la existencia de cualquier iniciativa de oportunidades de inclusión ofrecidas por el Estado.Del mismo modo, si no convence a los habitantes originarios de los barrios ricos que no es el plan de un alcalde con ínfulas castro-chavistas y que no se trata que se vuelvan amigos de los desplazados sino que sea posible que ricos y pobres hagan uso de manera conjunta y sin problemas del mismo espacio público, la intolerancia y la fragmentación social podría crecer en vez de reducirse.Por eso lo que más preocupa es que quien quiere ejecutar tan interesante propuesta sea Petro. Hasta ahora el alcalde de Bogotá ha hecho más gala de administrar con impulsos de gobierno que con programas de gobierno. Si el proyecto no se diseña y ejecuta con maestría se puede dañar una iniciativa futura de política pública bajo el pretexto que el experimento fue un fracaso.De momento lo que sabemos no da pie para ser optimistas. Petro ni siquiera ha sido capaz de convencer a la ciudadanía que se trata tan solo de un experimento, que aún es necesario resolver de manera masiva el déficit en cobertura de viviendas antes de pensar en implantar de manera extendida un programa de integración espacial de ricos y pobres.

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