El jefe de la oposición

Junio 02, 2012 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

La oposición efectiva del gobierno Santos es el expresidente Uribe. Los verdes tienen que reinventarse antes de salir nuevamente a la arena política. La izquierda y la extrema izquierda a duras penas pueden liderar uno o dos temas de la agenda nacional. Petro está enfrascado en demostrar que puede gobernar sin improvisar. Robledo más allá de su perorata contra el TLC y sus excelentes debates contra el Ministro de Agricultura no tiene audiencia. La Marcha Patriótica antes de opinar de cualquier cosa tiene que aclarar el papel que juega en la reinserción de las Farc.Quien tiene la voz para criticar, bloquear y exigir cambios en todo tipo de iniciativas gubernamentales es Uribe. Sin importar de qué tema se trate es el único que siempre está ahí a manera de una segunda opinión nacional. Desde la Ley de víctimas y el Marco para la Paz hasta la dosis personal y el aborto está presente como un contrapeso ideológico a Santos. Y su incidencia no es sólo el resultado de habilidad como comunicador de un mensaje político sino de su capacidad de interpretar las preferencias de un amplio sector de la sociedad.Para la democracia es saludable que exista este tipo de oposición al Gobierno. De hecho sería desastroso que no existiera. Sin embargo, la forma como Uribe lidera la oposición en Colombia conlleva enormes restricciones para su institucionalización dentro del sistema político. Es paradójico que la colectividad política que gobierna el país sea la misma colectividad del jefe de la oposición. El Partido de la U es hoy tierra de nadie o, para ser más preciso, de la chequera del Ejecutivo y de alianzas por conveniencia con el político más popular de Colombia. Cualquiera puede saltar de un bando a otro. De hecho, los partidos tradicionales se han convertido en los refugios del Gobierno y de la oposición. Los liberales respaldan a Santos y los conservadores a Uribe en los momentos decisorios.Es claro que el sistema de partidos en Colombia hizo implosión hace rato. Pero la situación se ha tornado aún más crítica por el éxito mediático de Uribe y por su incapacidad de convertir las preferencias de sus seguidores en decisiones institucionales. La posibilidad de llevar a cabo las transacciones y transiciones propias de una democracia son nulas sin la organización de la clase política. Detrás del circo de insultos y réplicas la democracia necesita de políticos profesionales que trancen con su contraparte en los espacios institucionales. De ese modo se preservan los intereses básicos de los distintos sectores de la sociedad y se evita que durante las transiciones los nuevos gobernantes tomen retaliaciones contra sus competidores.Hasta ahora Uribe no nos ha mostrado nada de eso. No cuenta con una colectividad política organizada y comprometida que traduzca los intereses y preferencias de amplios sectores en transacciones dentro del juego democrático. Las quejas de los militares y de las regiones son sólo el reflejo de acuerdos políticos a los que no se ha podido llegar. Mucho menos cuenta Uribe con una colectividad que asegure la transición de su proyecto político. Santos fue elegido precisamente por esa incapacidad. Como no había una institucionalidad sólida alrededor del proyecto uribista la situación estaba dada para el oportunista de turno. Para ello no había que saber jugar póquer, bastaba con hacer la fila de primero.

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