El héroe y el desperdicio

El héroe y el desperdicio

Diciembre 03, 2016 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

Es muy difícil argumentar que Fidel Castro no fue un héroe del Siglo XX. Fue el símbolo de la lucha contra la hegemonía de EE.UU. en el hemisferio y de la rebelión contra las dictaduras de repúblicas bananeras. Inspiró a revolucionarios del mundo entero. Llevó a una pequeña isla a convertirse en un jugador importante de la geopolítica mundial. En Angola sus ejércitos vencieron a los sudafricanos. Fue una victoria contundente contra el Apartheid.Que al final todos los logros de un héroe estuvieran soportados sobre los vicios de las tiranías de siempre es también innegable. Fidel fue, en su versión más íntima, un megalómano que no soportaba la menor sombra a su liderazgo y que estaba dispuesto a despreciar el mínimo sentido de humanidad si implicaba ceder una gota de su poder personal. El resultado fue, de hecho, el mismo de tiranías más prosaicas: la imposición de una máquina represiva.Pero ni el heroísmo de Fidel ni su lado más mundano son suficientes para retratar su tragedia y, de paso, la tragedia de Cuba. Fidel no era un tirano cualquiera, no era el sátrapa que se gastaba el día pensando en cómo convertir un poder sin límites en los goces más perversos o si se quiere en toda suerte de pecados capitales. Era un tirano que pensaba en grande para su pueblo y quería con verdadera voluntad convertir a Cuba en una referencia en desarrollo y bienestar. Por algo los cubanos en una época le decían ‘Abraham’: en sus discursos no se cansaba de decir habrá fábricas, habrá cosechas, habrá universidades, etc…La genialidad para comprometer a los cubanos en todo tipo de aspiraciones de alguien que quería ser un héroe de la historia fue lo que llevó a la tragedia. Al final solo cuajaron sus proyectos políticos, Fidel se convirtió en un referente de la geopolítica mundial. Pero la mayoría de aquellos proyectos dirigidos a convertir a Cuba en un país desarrollado en lo económico acabaron en un estruendoso fracaso.Peor aún, las luchas políticas de Fidel en la arena mundial se estrellaron con la cruda realidad cuando colapsó el comunismo soviético. El héroe tuvo que hacer gala de toda su capacidad para comprometer a los cubanos con los sacrificios de la revolución para mantener a flote su obra política. Triunfó, su régimen pudo sobrevivir el período especial. Pero fue un sacrificio en vano, el desperdicio del acto heroico de un pueblo.La gente en Cuba pasó hambre, mucha hambre, solo para que la obra y el poder de Fidel permanecieran intactos. No importaba que fuera una obra en sus ruinas, que los cubanos asumieran en absoluta pasividad y estoicismo el derrumbe del aparato productivo de la isla, que familias enteras se arriesgaran a cruzar cien millas de mar en balsas de náufrago para huir del desperdicio de un sacrificio colectivo. Al final lo único que importaba era que la dignidad de un pueblo triunfara.Pero en vez del triunfo de la dignidad fue el fracaso del sueño de un dictador y de su pueblo. Más temprano que tarde Cuba tendrá que asumir la economía de mercado. No hay razón para mantener unos ingresos tan precarios y unas restricciones de consumo tan severas. Los Castro podrán consolidarse en el poder como una monarquía postcomunista. Ya China y Vietnam demostraron que la concentración del poder por los comunistas es compatible con la producción capitalista más salvaje.Tanto desperdicio para acabar en el mismo lugar.Sigue en Twitter @gusduncan

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