El debate que falta

El debate que falta

Julio 26, 2014 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

Iván Cepeda no pudo esperar su primera aparición en el Senado para desafiar a Uribe a duelo. Muchos han criticado esta actitud porque consideran que solo quiere lucirse ante sus electores con un tema personal del que ya se ha ventilado mucho. Un sector del Congreso manifiesta, además, que hay tantos temas apremiantes como la reforma tributaria, la salud y los impuestos, que gastar los debates en asuntos que probablemente no lleven a nada es un desperdicio.Puede que lo de lucirse sea cierto. Pero no por eso es un debate innecesario. Todo lo contrario, es un debate que hace falta más allá de las intenciones de Cepeda de lapidar al símbolo de su odio. La caja de Pandora que puede abrir, aún sin que sea su intención, es sana para la democracia y para la paz. Desde antes de la ola de violencia reciente, que comenzó a finales de los 70, la política en Colombia ha tenido un grave problema. Una gran parte de la clase política, de todo el espectro ideológico, ha utilizado las armas para imponer sus decisiones de poder.Durante la violencia partidista de los años 50 los enfrentamientos no eran entre el ejército liberal contra el ejército conservador. Se trataba de enfrentamientos muy focalizados en un municipio o una vereda entre bandas de sicarios, cuadrillas de bandoleros o un puñado de policías que asesinaban sistemáticamente a los políticos opositores y a sus partidarios. El objetivo era diezmar al oponente de modo que se garantizaran las mayorías electorales. Algunos miembros de las elites partidistas en Bogotá atizaron alegremente esta guerra a lo largo de municipios y veredas del país.Mucho cambió Colombia entre mediados y finales del Siglo XX. Ya no era la disputa entre liberales y conservadores. La democracia se había ampliado pero, al igual que antes, la violencia contra los contrincantes en municipios y veredas continuó siendo una de las formas más extendida de lucha política. Se mataba y amenazaba con mismo fin: copar a punta de votos las instituciones del Estado local.Lo que uno desearía que surgiera del debate de Cepeda contra Uribe es precisamente el reconocimiento de esta realidad y el compromiso de la clase política por darle un punto final. Cepeda se esmerará por mostrar pruebas contundentes que revelen los vínculos del uribismo con los paramilitares. Seguramente lo hará muy bien, en eso es muy talentoso y hay muchos episodios oscuros donde prender los reflectores. Pero si es honesto con la historia deberá reconocer igualmente el papel de un sector de la izquierda en el uso de la violencia para sacar provecho político.Si no lo hace sería saludable para nuestra democracia que los uribistas demostraran, con pruebas igual de contundentes a las de Cepeda, que miembros de la UP asesinaron a contendientes políticos, que el Partido Comunista respaldó la violencia de las Farc contra la población, de hecho al menos uno de sus directivos negociaba secuestros desde el Congreso, y lo más elemental: que intervinieron por las armas en muchas elecciones tal como lo demostró La Silla Vacía para la última elección presidencial. Han sido víctimas, sería infame y casi delictuoso negarlo, pero también han sido victimarios.La verdad es una condición necesaria para de una vez por toda darle un punto final al conflicto. Lo que sería un exabrupto y más combustible para la guerra es una versión parcializada de los hechos.

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