El daño ya está hecho

El daño ya está hecho

Diciembre 08, 2012 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

El presidente Santos vuelve a sugerir la necesidad de legalizar la droga. El argumento es simple, al ser legal la droga el Estado puede regular su producción y comercialización de modo que no habría ni mafias, ni paramilitares, ni guerrilla tratando de controlar el narcotráfico. Más aún, los precios bajarían a niveles cercanos a sus costos de producción por lo que ninguna organización criminal estaría interesada en el negocio.Sin duda, una eventual legalización significaría el final de la principal fuente de ingresos de los grupos armados que producen la violencia en Colombia. Vale la pena apoyar a Santos en ese propósito así todavía falte mucho para que drogas como la cocaína se consigan libremente en el mercado. Poner la discusión en la agenda es al menos un principio, sobre todo ahora que la legalización de la marihuana comienza a ser un tema factible en la política estadounidense.Sin embargo, sería un error pretender que al día de hoy la legalización de las drogas, en particular de la cocaína, significaría la pacificación del país. Si bien es cierto que el narcotráfico fue la causa del escalamiento del conflicto en Colombia, no puede concluirse que la continuación de la violencia dependa exclusivamente de la droga.En el mismo momento en que la competencia por las rentas de la droga propició la creación y la expansión de todo tipo de organizaciones armadas, la violencia adquirió una dinámica autónoma que no estaba sujeta al control exclusivo de los narcotraficantes. Un ejemplo: las bandas y combos de las comunas de Medellín aunque fueron organizados dentro de una compleja estructura mafiosa por Pablo Escobar rara vez participaron de manera directa en el envío de mercancía al mercado internacional. Se financiaban de la venta de violencia a los capos del negocio pero si sus clientes no solicitaban sus servicios las bandas y los combos no desaparecían sino que se dedicaban a la extorsión y a la criminalidad local.Actualmente esta situación parece estar ocurriendo no sólo en Medellín. En muchas zonas del norte del Valle del Cauca, donde antes los sicarios de los ‘Rastrojos’ se financiaban de los capos del narcotráfico, la extorsión se convirtió en una práctica habitual que no perdonaba ni a los más pobres. La razón era la misma. Ante la falta de narcotraficantes que pagaran sus rentas las organizaciones especializadas en el oficio de la violencia buscaron fuentes alternativas de ingresos.El problema para los colombianos en una eventual legalización, que en el futuro es inevitable y a mi modo de ver deseable, es paradójicamente que la sociedad deberá pagar la renta de los especialistas de la violencia que el narcotráfico ha formado durante más de tres décadas de guerra contra las drogas. Hace ya varias generaciones que para muchas comunidades la principal perspectiva ocupacional que encuentran sus jóvenes, es decir aquella que mayor potencial de éxito social y económico les ofrece, no es ninguna actividad legal. Tampoco es el narcotráfico, ya que requiere de cierta capacitación y de contactos que no están fácilmente disponibles en muchas comunidades. Es el oficio de la violencia, el cual solo necesita de jóvenes con la ambición natural de ser alguien valorado por su comunidad y con la voluntad para poner en riesgo la vida ante la ausencia de otra alternativa creíble.Con o sin narcotráfico el daño ya está hecho.

VER COMENTARIOS
Columnistas