El ciclo de los Urabeños

Enero 18, 2014 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

Cada vez que las autoridades desmantelan a una organización criminal que controla el narcotráfico se habla de la desaparición de los grandes carteles y el advenimiento de los baby cartels. Nada más ajeno a la realidad. Es solo el comienzo de un nuevo ciclo entre las organizaciones que regulan el tráfico de drogas.El fin de un gran cartel significa la oportunidad para una nueva organización de controlar los centros de producción, las rutas, los lugares de embarque y las plazas de lavado. Incluso es una oportunidad para controlar los baby cartels que operan en zonas bajo su control. Estos han existido desde siempre.El problema es que recién desmantelada la gran organización criminal existen muchas organizaciones pequeñas y medianas que aspiran y que disponen de los medios para ocupar su lugar. Tienen lugar entonces numerosas vendettas para someter a las otras facciones y para imponerse dentro de la facción propia. En un momento dado estas se apaciguan cuando una facción logra someter a las demás y comienza un proceso de expansión en que la pura amenaza basta para absorber dentro de su paraguas de protección a los distintos operarios del narcotráfico.Se llega a un momento del ciclo en que es tanta la concentración de poder por una organización que su capacidad regulatoria se extiende hasta diversos espacios sociales. Aquellas comunidades que dependen de las rentas del narcotráfico para participar en los mercados rápidamente se convierten en objeto del control social por ejércitos privados.La situación actual de los Urabeños tiene todos los trazos de haber llegado a este punto del ciclo del narcotráfico. Su poder es tal que pueden controlar los flujos de droga desde el sur del país hasta la costa norte y establecer alianzas con los narcotraficantes de los llanos. Han logrado entrar en una plaza histórica del Cartel del Norte del Valle como es Buenaventura.La expansión la han hecho basada en un fuerte proceso de dominación social. En Urabá son un estado en la práctica, igual que en muchas otras regiones donde comparten las funciones básicas del estado con las autoridades públicas.Una simple mirada a los datos permite concluir que no se trata de un baby cartel. En solo un año la Fuerza Pública capturó a 1657 miembros de la organización y decomisó 537 armas (entre ellas 68 fusiles, 8 subametralladoras, un rifle m-16, un mortero y un lanza granadas). Estas no son tropas ni armas para traficar drogas. Son, más bien, tropas y armas para controlar territorios.Así no tengan el soporte político ni la legitimidad en el escenario nacional que otorgaba la lucha contrainsurgente, el modelo de control de territorios instaurado por los Urabeños perfila las características que van a tomar las grandes organizaciones que controlan el narcotráfico en Colombia. Sobre todo ahora que es muy probable que las Farc se retiren de la confrontación.El gran interrogante está dado por el final del ciclo. Lo que suele suceder cuando las organizaciones concentran demasiado poder y desafían la autoridad del Estado es que de algún modo sellan su fin. A Escobar el Estado lo eliminó a través de la guerra, al Cartel de Cali lo capturó y con los paramilitares se hizo un proceso de paz. La pregunta ahora es, ¿cuándo traspasarán los Urabeños un umbral de concentración de poder que obligue al Estado a eliminarlos definitivamente?

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