Duras lecciones

Abril 18, 2015 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

La reacción social ante la muerte de los once soldados le demostró a las Farc que una victoria en lo militar fácilmente puede convertirse en una derrota en lo político. En vez de que la opinión presionara por un desescalamiento de la guerra, las Farc se encontraron con que lo que demandaba la gente era un esfuerzo de guerra superior por el Estado. A Santos no le quedó otro remedio que llamar a la reanudación de los bombardeos.Más crítico para las Farc fue constatar que los golpes militares que pueden conducir a un cambio en la sociedad, de modo que esté dispuesta a que el gobierne realice mayores concesiones la guerrilla, están fuera de su alcance. Más allá de emboscadas que den como resultado el asesinato de varias decenas de soldados, a las Farc solo les queda el terrorismo en gran escala como medio de guerra. Y al día de hoy existe un consenso generalizado en contra del terrorismo que deslegitima cualquier aspiración política de quienes lo practiquen. El efecto inmediato sería contraproducente para su asimilación en la vida política.A las Farc solo les queda entonces aprender a hacer política como se hace en la democracia: a través de la persuasión de la opinión y de la representación pacífica de los intereses y preferencias de la población. Lo que no pareciera ser el caso. Las habilidades y los conocimientos de sus mandos están en la oficio de la guerra de guerrillas, no en la propaganda política, mucho menos en la competencia por el voto de los ciudadanos.Pero no solo las Farc recibieron una dura lección con la muerte de los once soldados. Para el gobierno de Santos fue un recordatorio que la dinámica que han tomado las negociaciones puede ser contraproducente en su apuesta por la paz. En particular el tema del tiempo vuelve a ser central para garantizar el respaldo de la sociedad. No pareciera ser viable el proceso si se alarga más allá del primer semestre del 2016. La sociedad a duras penas resiste más dilaciones de la guerrilla.Por eso las discusiones sobre acuerdos parciales de cese al fuego y de desescalamiento de la guerra son absolutamente inconvenientes. Puede ser cierto que se eviten muertes innecesarias, como la de los once soldados, pero el punto es que este tipo de discusiones dilata la firma de un acuerdo definitivo. Aunque si bien para las Farc esta dilación no es un inconveniente -el proceso es en sí la mejor vitrina política con que disponen-, puede terminar por matar a la gallina de los huevos de oro si la sociedad termina por creer que la guerrilla no tienen un compromiso serio con la paz y como consecuencia retira su respaldo al proceso.El gobierno debe hacerles ver a las Farc esta situación. Recordarles que el pacto inicial de un término fijo se ha incumplido y que ahora los márgenes de maniobra son reducidos para ampliar el horizonte temporal del proceso. Discutir sobre temas anexos y treguas parciales lo que haría es incrementar el escepticismo y exponer el proceso a riesgos innecesarios. En otras palabras, haría inviable el principio que lo que pase en Colombia no debe afectar a lo que pase en La Habana.Es hora de que el gobierno retome la iniciativa en las conversaciones. Y la única manera de hacerlo es evadiendo cualquier tema distinto a los puntos acordados en un inicio, en particular sobre el punto álgido de la negociación: el tipo de justicia transicional a la que deberán someterse las Farc.

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