Democracia post-Farc

Octubre 10, 2015 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

En una sociedad libre cualquiera puede pensar lo que quiera sobre los demás gobiernos y sistemas políticos, incluso tiene el derecho de manifestar libremente su opinión al respecto. Los Petro, Iván Cepeda, Clara López y demás políticos de izquierda están en todo su derecho de mostrar su admiración por la naturaleza y los logros del régimen venezolano. Es parte de las garantías propias de una democracia que puedan incluso ser evasivos cuando les preguntan acerca de las violaciones a los derechos políticos y a la libertad de expresión que recurrentemente comete Maduro.Sin embargo, estas declaraciones públicas sientan un precedente muy preocupante en la actual coyuntura. El proceso de paz con las Farc supone la ampliación del espectro de opciones que tendrán los ciudadanos en las futuras elecciones. Así mismo supone que la izquierda tendrá mayores oportunidades de representación por las concesiones de un eventual acuerdo y por la exposición mediática que tendrá en su momento la firma de la paz.No está mal que la izquierda gane elecciones. Todo lo contrario. Uno de los atributos centrales de la democracia es la alternancia en el poder. El problema es otro. Es que la izquierda colombiana al defender sin ningún tipo de cuestionamientos al régimen venezolano está arrojando un manto de dudas sobre si ese sería su comportamiento en caso de ganar las elecciones presidenciales.En otras palabras, sus simpatías y cercanías con Venezuela que se expresan abiertamente en Telesur, en Twitter y demás declaraciones en medios alternativos, ¿son una advertencia que replicarán los métodos de gobierno del chavismo? ¿No tendrán problemas en suspender a la brava la alternancia en el poder -a Chávez solo lo sacó un cáncer y Maduro asegura que gobernará indefinidamente-, a encarcelar a cualquier opositor político que medianamente cuestione al gobierno, a cerrar los medios de comunicación que no se adscriban a la línea editorial de la presidencia y a expropiar alegremente sin fórmula de juicio?Hasta ahora no hay ninguna razón para pensar que procederán de manera distinta a lo acontecido en Venezuela. Por lo que la única garantía que la democracia no esté en juego es que durante las siguientes décadas, hasta que ocurra un relevo generacional e ideológico en su dirigencia, la izquierda nunca gane unas elecciones presidenciales.Una democracia no puede estar soportada bajo semejante premisa. Su estabilidad no puede depender de que cualquier grupo en el poder decida trastocar las reglas del juego que preservan las garantías al resto de la sociedad. Ya hay un precedente inmediato que señala todo el caos institucional que conlleva la ambigüedad de un gobernante sobre su compromiso con las reglas del juego. Cuando Uribe evadía las preguntas sobre su aspiración a un tercer período y se resistía a abandonar el poder, el país estuvo a punto de traspasar el umbral del autoritarismo y dejar de ser una democracia.Que ahora el riesgo sea el de un autoritarismo de izquierda no lo hace menos peligroso. Por eso, es hora de que la izquierda deje sus ambigüedades y siente una posición clara sobre su compromiso con el régimen democrático y, en caso de gobernar, sobre el apego a los principios existentes en materia de garantías institucionales a la oposición y respeto a las libertades básicas. El país no resiste más evasivas cuando les preguntan sobre Venezuela.

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